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ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA romance Capítulo 91

Finalmente, Andrés Castillo decidió que, en tres días, su cuarto hijo, Marco Castillo, llevaría personalmente a Yolanda Aguirre y a Carmen Torres a Los Laureles.

Después del alboroto de todo el día, Andrés estaba agotado. Dio unas breves instrucciones y se retiró a descansar junto con Víctor Castillo. Como ya era tarde y la carretera de la sierra era peligrosa de noche, Andrés pidió expresamente que todos se quedaran a dormir.

En cuanto el abuelo se fue, los Castillo comenzaron a dispersarse en pequeños grupos. Renato Castillo, abatido por sus problemas laborales y de mal humor, intercambió unas cuantas palabras con los demás antes de retirarse a su cuarto.

Héctor Castillo seguía dándole vueltas a la mirada que le había echado el abuelo. Elisa se acercó y le dio unas palmaditas en el hombro.

—Héctor, ¿viste eso?

Héctor se quitó los lentes y se masajeó el puente de la nariz.

—¿Ver qué?

Elisa lo miró con reproche.

—¡Ay, por favor! ¿Por qué nunca me haces caso? ¿A poco no te diste cuenta? ¡Es obvio que el abuelo trata a Víctor de forma diferente! Ya te lo he dicho: si quieres construir un vínculo con tus hijos, tienes que estar presente. Luego no digas que no te lo advertí, cuando quieras reaccionar ya va a ser muy tarde.

Héctor detuvo sus dedos por un segundo y luego se volvió a poner los lentes como si nada.

—Ya, no te metas en lo que no te importa.

—¡Oye! —Elisa quiso replicar, pero Isidoro Montalván la jaló del brazo y negó con la cabeza discretamente.

Carlos y Marco Castillo salieron de la sala principal y se dirigieron al Patio de Invierno. Después de todo lo ocurrido, ninguno podía quedarse tranquilo sin ir a revisar la situación.

***

Por otro lado, justo cuando Ernesto Castillo dejó a Víctor en el jardín de Ciervo, Emilio Carrasco salió a recibirlo.

Al ver que dudaba en hablar, Víctor entendió de inmediato y le preguntó con tono suave:

—¿Qué pasa?

—Víctor, el señor quiere verte —dijo Emilio.

Estando todos bajo el mismo techo, si Renato de verdad quisiera verlo, habría ido directamente. Mandar a Emilio a darle el recado era una clara señal de que quería mantenerlo en secreto.

Víctor no mostró ninguna reacción y preguntó con calma:

—¿Dónde está?

Emilio señaló hacia la propiedad de a lado.

—En el Jardín del Caballo.

En los ojos de Víctor pasó un destello casi imperceptible. Asintió y se dio la vuelta para salir de nuevo del jardín de Ciervo.

Renato no le dio importancia a esa excusa y preguntó en tono suave:

—Me enteré de que estuviste presente cuando los Torres hicieron su berrinche en el jardín.

Víctor asintió.

—Fue pura casualidad, justo había ido a platicar con el abuelo para pedirle unos consejos.

Emilio ya le había contado lo sucedido, pero a Renato no le importaban esos detalles sin importancia. Fue directo al grano:

—Víctor, ¿qué hicieron exactamente los Torres para hacer enojar tanto al abuelo?

Ese asunto podía engañar a otros, pero no a Renato. El abuelo siempre había sido alguien que sabía distinguir entre el bien y el mal. Si los Torres solo hubieran hecho un escándalo en Villa Castillo, a Alejandro Torres no le habrían roto las piernas. Era obvio que el abuelo ocultaba algo.

Víctor no dudó; miró a ambos lados y bajó la voz:

—Papá, el verdadero responsable detrás del caso de la venta de terrenos en Monte de Oro no fueron los Mendoza, sino los Torres.

Renato se quedó pasmado. A pesar de todo lo que había vivido, la noticia lo dejó completamente paralizado.

—¡No manches! Eso no se puede decir a la ligera. ¿De dónde salió el rumor? ¿Hay pruebas? ¿A poco el abuelo se la creyó?

Víctor lo pensó un momento y le contó cómo Yolanda se había escondido en el mueble del té para espiar la conversación.

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