En la casa de los Ramírez, ubicada junto al lago.
La propiedad tenía un diseño arquitectónico elegante y minimalista, rodeada de jardines frondosos y árboles altos que filtraban la luz del sol, dándole un ambiente de retiro primaveral.
El patriarca de los Ramírez llevaba ropa cómoda de lino, con unos lentes de lectura colgando del pecho. Estaba recostado en una mecedora frente al ventanal, con la pierna cruzada.
—Señor. —El mayordomo se acercó para quitarle el teléfono de las manos.
El viejo Ramírez tenía los ojos medio cerrados y movía la cabeza al ritmo de algo imaginario. —¿Por qué se detuvieron? Que siga la música, síganle actuando.
En el centro de la sala, un comediante contratado se secó el sudor frío de la frente y asintió apresuradamente. Al enderezarse, se metió de lleno en su papel, tomó un mazo de madera de la mesa y dio un golpe seco.
—Y pues resulta que el viejo Mateo de los Torres llegó a su casa arrepintiéndose de todo, e inmediatamente mandó traer a un máster en ortopedia para que revisara al señor Torres...
El mayordomo le sirvió otra taza de té a Santiago Ramírez en silencio. Al viejo le encantaba el chisme, pero escribir su propio guion para que un comediante lo dramatizara en vivo ya era otro nivel de ociosidad.
El timbre del elevador sonó y una chica salió al vestíbulo.
—Abuelo.
Santiago abrió los ojos y se sentó despacio. —Ah, mi Lucía. ¿Estaba muy fuerte el ruido y te desperté?
Lucía llevaba el cabello corto, una playera blanca y pantalones negros. Era más alta que las chicas de su edad; de lejos, parecía más un muchacho que una adolescente.
Se rascó la oreja y miró hacia la sala con cara de resignación. —¿Ya inventó otra de sus obras? ¿Y ahora de dónde sacó el chisme?
Santiago sonrió con orgullo y le hizo señas para que se acercara. —Ven a escuchar con tu abuelo, ¡está buenísima la trama!
Las historias de su abuelo eran peores que una telenovela de las ocho. Lucía no las soportaba, así que negó con la cabeza de inmediato. —No, gracias. Quedé con María; a ella le caga que lleguen tarde y tiene la lengua bien venenosa. No quiero que me empiece a joder.
—Ah, ¿con la chamaca de los Rivas? —Santiago suspiró decepcionado—. Bueno, vete pues... ¡Espérate! —Como si hubiera recordado algo, carraspeó y preguntó haciéndose el desentendido—: ¿Nada más van a ir tú y ella? ¿No va a ir la niña de los Castillo?
Lucía lo miró extrañada. —No. Oiga, ¿y a usted desde cuándo le importa eso?
Santiago tomó un trago de té para disimular. —Pues me preocupo por ti. Había escuchado que antes andaban juntas para todos lados, ¿por qué ya no?
—Ella era la que andaba de pegoste con nosotras, pero como a María se le hacía bien mensa, la mandó a volar. Por eso ya no nos juntamos con ella.
Entonces, Lucía cayó en la cuenta. —¿Y por qué de repente le interesa tanto Yolanda?
¿Mensa? ¡¿Acaso una mensa iba a lograr que Mateo tropezara tan cabrón?!
Santiago se quedó pensando y movió la mano para restarle importancia. —Nada más preguntaba. Ándale pues, ¿no decías que la niña Rivas te está esperando? Vete ya, dile al mayordomo que te prepare un coche. Regresa temprano.
Lucía asintió y salió de la sala, pero se detuvo en seco al procesar algo.
¿Había sido su imaginación? Le pareció escuchar el apellido «Mendoza» en la historia que estaba contando su abuelo.
***
—¡Ni madres! —Los ojos de Alejandro brillaron con malicia—. ¿Me rompen la pierna y creen que se van a ir limpios? ¡Están soñando!
Mateo frunció el ceño. —Deja eso por ahora. Lo más urgente es lo del Archivo Cuarenta y Nueve.
Alejandro se contuvo, aún con resentimiento. —Papá, nosotros no dijimos ni una palabra, ¿cómo chingados se enteró esa escuincla? Todo esto está muy raro, deberíamos...
Mateo levantó la mano para callarlo y lo fulminó con la mirada. —¡Imbécil! ¿De verdad crees que la niña lo dedujo sola? De todo lo que soltó Andrés, solo una cosa fue cierta.
Alejandro no entendía.
La expresión de Mateo se volvió sombría. —Es solo una niña. Si nadie le enseñó a decir esas mentiras, jamás las habría inventado. Y si no fuimos nosotros quienes hablaron, a huevo fue alguien más. Ay, Andrés... Nunca imaginé que tuvieras ese as bajo la manga.
Alejandro se quedó boquiabierto. —¿Me estás diciendo que Andrés estuvo moviendo los hilos todo este tiempo? ¡Imposible! Lo del Archivo Cuarenta y Nueve se hizo con demasiada discreción, fue un plan perfecto. Andrés no pudo haberse enterado tan rápido.
Mateo negó con la cabeza, seguro de su propia astucia. —No hay secretos que duren para siempre. Si lo hicimos, dejamos rastro. Esa niña solo fue la carnada; Andrés nos está mandando un mensaje.
Alejandro se dio cuenta de que el análisis de su padre tenía mucho sentido y empezó a entrar en pánico. —Entonces... ¿qué hacemos? Los Castillo ya nos declararon la guerra. Si Andrés lo sabe, ¡los Torres estamos jodidos!
En los ojos nublados de Mateo cruzó un destello peligroso. Tras pensarlo detenidamente, por fin tomó una decisión drástica.
—Parece que no hay de otra. Tendremos que contactar al señor Blanco.
***

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