Noa corría a toda velocidad por el pasillo del hospital.
Su frente estaba cubierta por una fina capa de sudor.
Al oír sus pasos, su madrastra, Jimena, fue la primera en levantar la cabeza con una expresión de absoluto desprecio.
—¿Qué haces aquí?
Debido a que el asunto de pedirle ayuda a la familia Monteiro había terminado en un desastre, Saúl y Noa llevaban dos años sin hablarse.
Aunque Noa sentía un profundo rencor, pensar que en la sala de urgencias se encontraba su único familiar directo hizo que su voz se quebrara.
—¿Qué fue lo que pasó?
Vicente la sostuvo del brazo para estabilizarla.
—Se cayó de la cama a medianoche. Para cuando el cuidador lo encontró, ya estaba delirando. Los médicos ya lo están atendiendo.
Noa asintió, conteniendo las lágrimas.
Dos horas después, la puerta de la sala de urgencias se abrió y un médico salió.
Les informó que Saúl estaba fuera de peligro, pero que necesitaría permanecer en observación en cuidados intensivos durante una semana.
Noa soltó un suspiro de alivio y se dispuso a entrar a verlo.
—Tú lárgate de aquí —dijo Jimena, bloqueándole el paso con el brazo.
La miró con un desdén burlón.
—Tu papá lo dijo: los Sampedro no merecen una hija como tú. Solo te reconocerá como su hija el día que recuerdes que perteneces a la familia Sampedro.
Un dolor agudo atravesó el corazón de Noa.
Años atrás, el negocio de la familia Sampedro atravesaba una mala racha, y en cada llamada, Saúl no hacía más que suspirar y lamentarse.
Noa sabía que él esperaba que ella le pidiera ayuda a la familia Monteiro.
En aquel entonces, acababan de casarse y Rocco había sido enviado a la Ciudad del Sur para gestionar un proyecto, trabajando día y noche.
El plan era que, al regresar Rocco a Santa Áurea, se formalizaría el matrimonio ante las autoridades.
Ella, preocupada por su padre pero consciente de la importancia de ese proyecto para Rocco, había decidido esperar a que él regresara para hablar del tema.
Pero en el momento más crítico, una llamada anónima llegó a los superiores de Rocco, acusándolo de abuso de poder para beneficio personal.
El plan se vino abajo. Desde entonces, la familia Monteiro le guardaba rencor a la familia Sampedro.
Los Sampedro no solo no recibieron ayuda, sino que su situación empeoró hasta la ruina total.
Y cuando Saúl se enteró de que había sido la familia Monteiro la que finalmente había acabado con su negocio, cayó enfermo y se negó a volver a ver a su hija.
Por primera vez, Noa entendió lo que era cargar con el papel de la villana ante todos.
Ella no había hecho nada malo, pero todos los problemas se originaron a partir de ella.
Viendo cómo se quedaba paralizada, temblando ligeramente, Vicente le puso su abrigo sobre los hombros.
—No te preocupes por ahora. Cuando Saúl se recupere un poco, buscaré la oportunidad para hablar con él con calma.



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