Carolina alzó una ceja, encontrando el comentario un tanto peculiar, pero decidió no indagar al respecto.
—Se lo agradezco.
Leandro se acomodó en los asientos de atrás, dejándole el de copiloto a Armando.
Con su metro noventa de estatura, Armando parecía meterse a duras penas en el pequeño carro de Carolina. Ella se aclaró la garganta, sintiéndose un tanto incómoda, y le indicó: —Allí puedes acomodar el asiento.
—Gracias.
Él echó el respaldo hacia atrás, pero el espacio del coche ya era de por sí reducido; sin importar cuánto lo acomodara, sus piernas seguían bastante apretadas.
Ella desvió la mirada rápidamente. —Aguanta un poco. ¿Por dónde vives? Paso a dejarte primero.
Armando asintió con un murmullo, pero no le dio ninguna dirección.
Carolina frunció el ceño. Estaba a punto de insistir cuando escuchó a Leandro intervenir: —Déjeme a mí primero, señorita Luján, si no es molestia. Necesito avisarle a mi tío lo que pasó lo más pronto posible. Vivo en Barrio Cerrado Altos del Parque...
Carolina asintió con la cabeza y, mientras arrancaba el carro, contestó: —Dime Carolina cuando no estemos trabajando.
Leandro accedió sin dudarlo.
—Asumo que ya se enteraron de que salieron los resultados de ADN, ¿verdad?
Carolina le había lanzado esa pregunta a Armando.
Los asesinatos en serie habían provocado un gran revuelo en Lago Azul, y Gabriela era la cuarta víctima descubierta este año.
Además de la anomalía en el ADN, el tiempo de su muerte tampoco cuadraba con el patrón de las tres anteriores.
Era evidente que el asesino operaba de forma metódica. Había pasado un lapso de dos meses entre los homicidios de las tres primeras víctimas, lo que sumaba un total de medio año.
Sin embargo, ni siquiera había transcurrido una semana entre el fallecimiento de la tercera víctima y el de la cuarta, Gabriela.
—Así es. —Armando asintió con la cabeza, su perfil luciendo un tanto afilado bajo la iluminación de los faros de la calle.
—El hecho de que el semen encontrado no pertenezca al sospechoso A implica una de dos: o alguien filtró los detalles de los asesinatos y ahora tenemos a un imitador, o el asesino A está sintiendo la soga al cuello y quiere distraer a las autoridades culpando a alguien más.
Carolina analizaba el caso con serenidad, manteniendo el ceño fruncido todo el tiempo.
Leandro exclamó con admiración: —Con razón todo el mundo dice que no hay caso que a la señorita Luján se le escape. Así que no solo le sabe a las autopsias, sino que también es buena deduciendo.
Antes de que Carolina pudiera decir algo, Armando le dirigió una mirada severa. —Tanto los peritos forenses como los policías trabajamos para investigar los crímenes.


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