¡Sus palabras no podían ser más irritantes!
Carolina frunció sus cejas perfectas y se zafó del agarre de Fabio de un manotazo.
Fabio sintió un vacío en la palma de su mano, un vacío que pareció extenderse hasta su propio ego.
—¿Qué significa esto, Carolina? —preguntó.
Su rostro estaba rojo de furia. Señaló con el dedo al hombre que se encontraba en las sombras de la entrada y escupió con clara malicia:
—¿Me ignoraste por este tipo? ¿Acaso es más guapo o tiene más dinero que yo? ¡Nunca imaginé que serías de esas mujeres interesadas que cambian de hombre como de calzones!
Carolina no podía creer que Fabio estuviera montando semejante escenita afuera de la comandancia de policía; la situación le parecía de lo más vergonzosa.
Justo cuando estaba por responder, escuchó una risa burlona a sus espaldas:
—¡Ey, don Berrinches, mira para acá!
Fabio se quedó pasmado y levantó la vista instintivamente.
El hombre, que hasta entonces había estado a medias en la sombra, dio un paso adelante y dejó ver su rostro por completo.
Todos los presentes contuvieron el aliento al unísono.
Carolina incluso alcanzó a escuchar a Tamara, su asistente, susurrar llena de emoción:
—¡Qué guapo está!
Carolina asintió sin darse cuenta y le dio toda la razón en sus pensamientos: «Y que lo digas».
El hombre medía fácil un metro con noventa, proyectando una presencia imponente con solo estar de pie.
Sus extremidades eran largas y bien proporcionadas. Llevaba una chaqueta de cuero negro y unos pantalones oscuros que moldeaban a la perfección su complexión robusta donde debía serlo, mientras marcaban su cintura firme. Era la encarnación exacta del ideal masculino: hombros anchos, cintura estrecha y piernas largas.
Y, por supuesto, si su cuerpo llamaba la atención, su rostro lo hacía aún más.
Ni siquiera la mejor animación en 3D podría haber diseñado una cara tan perfecta.
Tenía cejas bien delineadas, ojos profundos como la obsidiana que emitían un brillo oscuro e insondable, nariz recta y labios finos ligeramente apretados. Todo en él irradiaba un aura distante, de esas que gritan: «no te acerques».
La mirada de Carolina se detuvo por un segundo en la mano izquierda del hombre, que colgaba a un costado de su cuerpo, y tras entender algo, desvió la vista de nuevo.
—¡Estás loco! —bramó Fabio cuando por fin distinguió el rostro de aquel sujeto. La cara se le ensombreció por completo. Con un gesto brusco, les hizo una seña a los dos hombres para que se largaran y lo dejaran hablar con su novia en paz.
El joven llamado Leandro, aún con los bordes de los ojos enrojecidos, resultó tener la lengua bastante afilada:
—¿Don Berrinches ya se puso a llorar? ¡Tus gritos chillones me tienen harto, por si no te habías dado cuenta! Solo te hablé para que te quedara claro que mi amigo Armando no solo es muchísimo más guapo que tú, sino que también tiene mucha más lana. Así que no hay necesidad de que te acomplejes tanto.
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