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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 335

A Doña Isabel no le importaba en lo más mínimo el destino de Silvana.

Su única preocupación era el Grupo Zambrano y Cénit MedTech.

La única forma de restaurar su imagen corporativa era que la propia Faye declarara públicamente que no existió ningún robo de patentes.

Quería barrer un escándalo colosal bajo la alfombra sin mover un solo dedo.

Pedro Zárate casi soltó una carcajada de incredulidad. Que una familia influyente fuera opresiva era una cosa, ¡pero ser tan cínicos y descarados era otro nivel!

¡Por fin entendía por qué a Vera le costaba tanto liberarse de este infierno!

Vera la miró fijamente a los ojos: —Lo siento. No puedo hacerlo.

¿Silvana, la misma amante de su marido que había robado su base de datos para registrarla como propia, esperaba que ella la encubriera? ¿Se suponía que debía ser comprensiva, perdonarla y solucionarle sus porquerías?

La expresión de Doña Isabel se agrió, mirándola con profunda decepción: —Vera, ¿desde cuándo te volviste tan terca e irracional? Eres parte de la familia Zambrano y tu deber es proteger nuestro honor. No me decepciones, ¿entendido?

Aquí vamos de nuevo...

Vera respiró hondo.

Durante años, había estado encadenada por esa falsa fachada de cariño maternal que Doña Isabel proyectaba.

Siendo alguien que creció sin amor ni figuras de autoridad reales, había sacrificado demasiado intentando complacerla.

Era joven e ingenua entonces, pero ahora veía con total claridad la maldad detrás de esa máscara.

—¿Necesita que se lo recuerde? ¡Sebastián y yo estamos separados! ¡Él me fue infiel! ¡Los asuntos de la familia Zambrano ya no me incumben!

Articuló cada palabra con fuerza, clavando las uñas en sus propias palmas. Por primera vez, confrontó a la anciana sin reservas.

El rostro de Doña Isabel palideció de la furia.

La familia Zambrano solo quería que ella se tragara el orgullo y les resolviera el problema sin costo alguno, salvando su preciado nombre.

Doña Isabel ni siquiera se molestó en disimular frente a Pedro Zárate.

Después de todo, si Vera lograba convencer a Faye de retirar las acusaciones, ¿qué podrían hacer Pascual Zárate y el Maestro Cárdenas al respecto?

Vera no había probado bocado antes de llegar a la celebración.

La mezcla de hambre y furia la hizo sentir un mareo repentino, y sus piernas amenazaron con ceder.

De pronto, una sombra apareció a su espalda, acompañada por una fragancia suave y relajante. Una mano firme se posó en su cintura, dándole soporte. Al girarse, Vera se encontró con los ojos oscuros e insondables de Sebastián. Por un segundo creyó ver una emoción real en ellos, pero rápido pensó que era su imaginación.

Tras asegurarse de que Vera estuviera estable, Sebastián miró a Doña Isabel y luego a Arturo Zambrano, quien seguía bebiendo té en silencio.

Sebastián habló con una calma asombrosa: —Abuela, hay límites que no se deben cruzar, o corremos el riesgo de destruirlo todo. Todos sabemos cuánto detesta Vera a Silvana.

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