¿Vera realmente tenía una influencia tan grande sobre Faye?
¿Y ahora se suponía que debía humillarse y suplicarle a... Vera?
¿Tener que agachar la cabeza y disculparse públicamente?
Lo de la patente había sido un error de cálculo, sí, pero lo de Sebastián Zambrano... ¡eso era solo el reflejo de la mediocridad de Vera, de su fracaso absoluto como mujer!
¡Era Vera quien no daba la talla! ¿Por qué tenía que pagar los platos rotos por ser superior a ella?
¡La propuesta de Pedro Zárate era un ataque directo y calculado a su dignidad!
Vera también se sorprendió de que Pedro jugara esa carta.
No revelaba que ella misma era Faye, pero le entregaba todo el poder de la situación, obligando a Silvana a enfrentarla y disculparse cara a cara.
Pedro sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Vera no podía revelar su identidad como Faye en ese momento por el asunto de su hija Lina, pero él no iba a tolerar que Silvana siguiera pisoteando a Vera con aires de superioridad.
El ambiente se volvió denso y asfixiante.
Incluso Doña Isabel, que caminaba unos pasos por delante, alcanzó a escuchar las palabras de Pedro.
Miró a Vera con evidente sorpresa.
¿Desde cuándo Vera tenía conexiones de ese nivel?
Y lo que era más sorprendente, había tenido la paciencia de mantenerlo en absoluto secreto todo este tiempo.
—Sebastián... —murmuró Silvana, con los ojos enrojecidos, negándose rotundamente a rebajarse ante Vera.
Suplicaba con la mirada, viéndose frágil y desamparada.
Sebastián levantó la vista, posó sus ojos en el rostro de Silvana por un segundo y luego se dirigió a Leo Flores: —Llévala a casa. Yo me encargaré de esto.
Silvana comprendió al instante la intención de Sebastián.
¡La estaba protegiendo! Iba a solucionar el desastre de la patente por ella y, sobre todo, no permitiría que Vera la pisoteara.

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