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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 41

Vera no respondió.

Era una pregunta estúpida; saltaba a la vista que estaba enferma.

Sebastián solo se dignaba a dirigirle la palabra cuando no había nadie más presente.

Frente a los demás, siempre activaba el modo de "distanciamiento total".

—¿Ya tomaste medicina? —insistió él, sin inmutarse por el silencio de Vera.

Sin mirarlo, ella mintió:

—Ya.

—Mentira.

El tono de Sebastián fue frío y monótono.

La conocía demasiado bien. No había una pisca de preocupación en su voz, solo estaba enunciando un hecho.

Vera se quedó callada.

Casi lo había olvidado.

Al principio de su matrimonio, aunque Sebastián no la amaba, al menos tenía cierta decencia.

Él había descubierto su fobia a las medicinas. Cuando se enfermaba, prefería envolverse en cobijas y dormir por días como si estuviera hibernando antes que tomarse una pastilla.

En aquella época, para obligarla a medicarse, él mismo probaba los amargos brebajes de hierbas.

La sacaba a la fuerza de la cama, le apretaba las mejillas con los dedos cuando estaba medio dormida para obligarla a abrir la boca, y le daba el remedio poco a poco.

Llevaban menos de un mes de casados.

Después de eso, Sebastián le había dicho con su habitual cinismo: "Si te mueres en nuestro primer mes de casados, me van a colgar la fama de viudo negro".

Vera nunca pensó que bajar un par de pisos en ascensor pudiera volverse una tortura tan asfixiante.

Especialmente cuando esa "preocupación" falsa de Sebastián la ponía enferma.

—Esta clínica receta unos polvos muy efectivos para el resfriado. Pruébalos.

Sebastián llevaba una bolsa de papel estraza en la mano. Estiró el brazo y se la empujó bruscamente contra el pecho.

Vera se vio obligada a sostenerla, frunciendo el ceño.

—No la necesito. Gracias.

Le sorprendió el gesto.

Ahora resultaba que, en la recta final hacia el divorcio, a Sebastián le daba por actuar como un ser humano.

Al ver su rechazo, él levantó una ceja con arrogancia.

Se había unido a esos grupos recién casada, ciega de amor e ilusión.

Quería acercarse a su mundo, encajar en su círculo.

Pero nunca había revelado su rostro ni su identidad. Sabían que existía una esposa, pero ella era un completo fantasma en la vida pública.

—Si no te has salido de esos grupos, seguro ya leíste los comentarios basura sobre la casa que le compré a Silvana.

—¿Acaso dijeron alguna mentira? —retó Vera.

Sebastián no estaba ahí para debatir la moralidad del asunto. La miró con una frialdad absoluta.

—Quiero que limpies su nombre.

Vera pensó que había escuchado mal.

—¿Qué dijiste?

Sebastián miró la pantalla del ascensor. Faltaban tres pisos para llegar.

—Ella necesita forjar conexiones en la alta sociedad. Va a participar en programas de televisión. Su imagen tiene que ser impecable, sin rastro de escándalos —dijo. Su mirada oscura se desvió hacia el bolsillo del abrigo de Vera, donde asomaba su teléfono nuevo.

En un movimiento rápido e inesperado, le arrebató el celular.

Antes de que Vera, con las manos ocupadas por la bolsa de medicinas, pudiera reaccionar.

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