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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 428

Vera dirigió su atención hacia él.

Tadeo era un hombre bastante alto, vestido con un traje de diseñador. Sus facciones eran atractivas y desprendían una suave gentileza, realzadas por unos lentes sin armazón sobre su puente nasal.

Se había acercado desde lejos con una sonrisa genuina.

Vera reaccionó y asintió: —Hola, Señor Valente.

Julián, por su parte, se sorprendió al verlos saludarse y frunció el ceño en silencio.

Obviamente sabía quién era Tadeo; el segundo hijo de la familia Valente, uno de los consentidos de su linaje. Desde niño se había mudado al extranjero, estudiando y residiendo en Nueva York. Tadeo siempre había estado fuera, así que probablemente acababa de regresar.

No sabía demasiado de él,

pero se conocían de vista.

Tadeo notó la presencia de Julián, sonrió y le tendió la mano: —Señor Valdés, cuánto tiempo sin verlo. Gracias por asistir hoy al evento.

Julián miró de reojo a Vera.

Le devolvió el saludo: —¿Qué relación tiene usted con Vera?

Le resultaba imposible imaginar cómo se conocían esos dos.

En teoría, Vera no debería conocer a Tadeo en lo absoluto.

—La Señorita Suárez y yo tenemos una cita a ciegas hoy. Es solo para conocernos —respondió Tadeo sin ocultar nada.

Julián se quedó petrificado.

Observó el rostro tranquilo de Vera con incredulidad: —¿Una cita a ciegas?

Casi pensó que había escuchado mal.

A Vera le molestó profundamente esa actitud de "desaprobación" de Julián, como si insinuara que ella estaba fuera de lugar; como si su única opción en la vida fuera quedarse amarrada a Sebastián.

No le contestó, y en su lugar se dirigió a Tadeo: —¿Podemos hablar a solas?

Tadeo, sin poner ninguna objeción, le indicó con un gesto cortés que pasara.

Vera se marchó de inmediato.

Julián quiso decir algo,

pero ella no le dio la oportunidad.

Al verla alejarse, la expresión de Julián se volvió seria. ¿Vera en una cita? ¿Tan urgente era para ella encontrar un esposo nuevo?

Hacía poquísimo que se había hablado de su divorcio; definitivamente estaba demasiado desesperada.

—¿Señor Valdés? ¿Qué está mirando? —preguntó Silvana, quien se acercó tras saludar a unos invitados, y echó un vistazo de soslayo hacia la figura que desaparecía en la penumbra.

Entrecerró los ojos, fingiendo no haber visto nada.

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