Vera se quedó paralizada por un largo rato.
—... ¿Mío?
Ella solo quería obtener algo de información para darle una respuesta a Doña Elia, y de paso, preguntarle si estarían dispuestos a vendérselo a la familia Valdés.
Jamás esperó escuchar esa respuesta.
Tuvo una infancia tan complicada y tan pocos momentos felices, que el trauma casi había borrado sus recuerdos antes de los seis años.
La mirada de Abelardo se volvió intensa. Quién sabe qué recuerdos habrían cruzado por su mente, pero empezó a hablar consigo mismo:
—De niña eras muy tremenda y te encantaba jugar. Rosalía temía que, como siempre andabas trepando y saltando, fueras a dañar el amuleto, así que lo guardó temporalmente. En ese entonces eras muy pequeña, y como no era buena idea dejarlo en la casa de los Iriarte, lo escondió en La Antigua Joyería. Tu padre... no era de fiar.
La voz del anciano sonaba débil, arrastrando las palabras.
Su mente claramente estaba divagando lejos, saltando de un tema a otro sin mucha coherencia.
Pero el corazón de Vera latía como un tambor desbocado.
Estaba aterrorizada.
El pulso se le había descontrolado por completo.
Una idea gritaba salvajemente dentro de su cabeza y no podía silenciarla.
Ella y la familia Valdés...
Los momentos de lucidez de Abelardo eran escasos. Su mente dio un giro repentino:
—¿Y mi pequeña Rosalía? ¿Por qué no ha venido a verme?
Esa pregunta arrancó a Vera de golpe de la abrumadora incertidumbre.
Se encontró con la mirada nostálgica de su abuelo, quien, sumido en su confusión, había olvidado dónde estaba su hija y solo recordaba cuánto tiempo llevaba sin verla.
Los ojos de Vera se llenaron de lágrimas.
Rápidamente le dijo:
—Mi mamá está ocupada, ya la conoces, le apasiona su trabajo. Vendrá otro día, ¿te parece bien?
Abelardo asintió, un poco desanimado:
—Supongo que sí.
Después de salir de la suite de la casa de reposo, Vera se quedó sentada en el pasillo durante un largo tiempo.
Su mente era un caos total.
Últimamente habían pasado demasiadas cosas.
Era como si todo estuviera planeado de antemano, como si una mano invisible estuviera moviendo los hilos, revelando toda la "verdad" de golpe en un corto periodo de tiempo para que viera la realidad con aterradora claridad.
Ella tampoco insistió, solo le dijo con seriedad:
—No tienes que molestarte. Ya nos divorciamos, y no quiero deberte ningún favor. Si dejas de venir, el abuelo tampoco te extrañará, y eso será mejor para él.
Después de todo, ya estaban divorciados.
El abuelo no sabía nada.
Si Sebastián seguía visitándolo, solo alimentaría falsas expectativas en el anciano.
—¿Divorciados no podemos tratarnos normalmente? ¿Significa que cualquier vínculo debe cortarse de raíz? —le cuestionó Sebastián.
—¿Y cómo esperas que sea?
—Eres realmente racional y despiadada —comentó él como única evaluación.
No sonaba como una burla, pero había un tono extraño en sus palabras.
Vera no estaba de humor para discutir.
Simplemente se puso de pie:
—A fin de cuentas, tarde o temprano ambos formaremos nuevas familias. No tiene sentido mantener lazos. Incluso si se trata de mi abuelo, ya no es tu responsabilidad. Del mismo modo, yo no iré a preocuparme por tus abuelos.
Así era ella al hablar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano
Me gusta la historia, pero creo que le han puesto demasiado a la trama y se está haciendo muy larga...
¿Cuándo se publicaran más capítulos?...
Porque no hay más capítulos...
Que lastina que no esta gratis para poder leerlo😭😭...