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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 70

La actitud del Maestro Cárdenas fue tajante y no dejó margen para negociar.

Vera sintió un nudo en la garganta.

Sabía que el viejo maestro estaba haciendo un coraje terrible solo para defenderla.

A su edad, no debería estar lidiando con estas cosas.

Todo por exigir que la respetaran.

Silvana sentía que le clavaban agujas en el pecho.

Estaba convencida de que Vera había envenenado el ambiente. Y ahora estaba acorralada.

¿Exigirle que confesara que había destruido un matrimonio?

¡Era un rechazo absoluto!

—Maestro Cárdenas, de verdad espero que lo reconsidere. Si tiene exigencias lógicas, intentaré cumplirlas —dijo Sebastián entrecerrando los ojos, levantándose lentamente con una postura impecable pero inquebrantable.

Al mismo tiempo...

Dejó claro que no cedería ni un milímetro.

Jamás iba a permitir que Silvana pasara por esa humillación pública ni soportara semejantes insultos.

Vera vio la escena con claridad meridiana.

Una sonrisa sarcástica se dibujó en sus labios.

Qué grandioso es el amor, ¿no?

Un hombre tan brillante y orgulloso como Sebastián Zambrano estaba dispuesto a tragar tierra por Silvana.

Pero ella, la esposa que estaba siendo difamada en redes sociales a nivel nacional, no recibía más que su absoluto desprecio.

El pecho de Vera subió y bajó con fuerza.

Soltó lentamente los puños.

Sus palmas estaban llenas de marcas profundas en forma de media luna.

El Maestro Cárdenas miró con profunda decepción al hombre frío y aristocrático que tenía enfrente.

Ahora estaba completamente seguro.

¡Ese infeliz no merecía ser el padre de Lina!

—Entonces no tenemos nada de qué hablar.

Sin añadir una palabra más, el Maestro Cárdenas salió de la habitación con el ceño fruncido.

A Silvana le quedó una cara espantosa.

Nadie la había humillado de esa manera en toda su vida.

Y la gran culpable de todo esto era la víbora de Vera.

Si no fuera por los cuentos que Vera le fue a llorar, el Maestro Cárdenas jamás la habría rechazado.

A Vera le importaba un pepino cómo se sentía Sebastián con el rechazo.

Se despidió rápido de Pedro y salió corriendo tras el maestro.

El viejito estaba furioso.

Tenía que ir a contentarlo.

Apenas Vera desapareció por la puerta, la mirada de Sebastián se posó en Pedro Zárate, con un tono educado pero gélido: —Lamento la interrupción de hoy. Señor Zárate, nos veremos en otra ocasión.

No le pidió a Pedro que intercediera por ellos.

Pasó la página con frialdad.

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