Dejó la manzana sobre la mesa y se acercó.
Miró fijamente a Sebastián desde arriba.
—Salgamos a hablar.
Él no se rehusó; Vera fue la primera en salir de la habitación. Él, sin apresurarse, sacó un frasquito de vidrio con pastillas de leche de su bolsillo, como por arte de magia, y lo colocó en la mesa de noche de Lina.
—Para ti.
Lina no pudo evitar sonreír.
Pero al tomar entre sus manos aquel pequeño frasco de vidrio, una duda asomó a sus ojos mientras observaba la espalda de Sebastián alejarse.
A ella le encantaban esas pastillas, y a su mamá también. ¿Cómo es que ese señor también lo sabía?
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Vera caminó hasta el final del pasillo, se cruzó de brazos y observó a Sebastián avanzar lentamente en su silla de ruedas eléctrica.
—¿Para qué me buscas?
La realidad era que no le agradaba la idea de que él y Lina pasaran tiempo juntos.
Lidiar con un hombre tan calculador le exigía mantener las defensas al máximo en todo momento.
Los largos dedos de él sostenían el pequeño envase de yogur.
—Acompáñame a la mansión de los Zambrano.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Dada mi condición actual, ¿no crees que Don Elías sospechará? —la miró fijamente—. ¿Cómo crees que debería explicárselo?
Vera bajó los brazos de inmediato.
—¿A qué hora?
—Ahora mismo —respondió él.
Ella no discutió más.
Al final, tampoco le convenía que la familia Zambrano averiguara el verdadero motivo de las heridas de Sebastián.
Sería demasiado difícil de explicar y aún peor de justificar.
Llamó a Ivonne Herrera, quien ya estaba en camino, para que cuidara de Lina.
En cuanto al verdadero motivo de por qué quería que ella estuviera presente, Vera no se molestó en indagar.
Ya en el auto, se dedicó a observar discretamente a Sebastián. Su palidez no había disminuido; quizás fuera un reflejo directo de la pérdida de sangre, una característica que lamentablemente compartía con su hija.
Ese pensamiento volvió a sembrar la duda en ella.
Sebastián ya conocía la historia médica de Lina.
Sin embargo, no había dejado escapar ni el menor indicio.
Las miradas no se hicieron esperar. Se clavaron en ella y en Sebastián, juzgando su estado físico con evidente suspicacia.
Pero él, con su habitual frialdad, los ignoró a todos.
No dio ni una sola explicación.
Al entrar a la enorme sala principal.
Lo primero que Vera notó fue a Claudio bajando las escaleras, con una enorme sonrisa en el rostro; la expresión de alguien que acababa de recibir excelentes noticias.
Pero, en cuanto sus ojos se posaron en la silla de ruedas de Sebastián, su sonrisa se congeló.
—¿Sebastián? ¿Qué te pasó?
Sebastián levantó la vista con desinterés.
Ante esa mirada, Claudio dudó un instante, pero recordando el triunfo que le deparaba ese día, no pudo reprimir una sonrisa burlona.
—Hoy tenemos reunión del comité familiar para anunciar tu castigo por haber filtrado la información confidencial de la empresa. Qué casualidad que aparezcas herido justo ahora... No me digas que vienes a hacerte la víctima.
A Vera nunca le había caído bien Claudio.
Y sabía perfectamente que el muy infeliz solo quería hacer leña del árbol caído.
Sumado a que en el pasado Claudio no había sido precisamente respetuoso con ella, le lanzó una mirada cortante:
—Si hacerse la víctima te consiguiera algo de poder en esta empresa, ¿por qué no te veo estrellándote la cabeza contra la pared frente a la junta todos los días?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano
Me gusta la historia, pero creo que le han puesto demasiado a la trama y se está haciendo muy larga...
¿Cuándo se publicaran más capítulos?...
Porque no hay más capítulos...
Que lastina que no esta gratis para poder leerlo😭😭...