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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 83

Pedro lo entendió perfectamente y asintió. —De acuerdo, yo iré a hablar con la gerencia del hotel.

—Mi Sol, ¿por qué tienes los ojos llorosos? ¿Alguien te hizo daño? Tu abuelo te va a defender. —A pesar de su confusión, la mirada del abuelo notó la sonrisa forzada de Vera, e intentó con desesperación mover su silla de ruedas para acariciarle el rostro.

Vera corrió hacia él de inmediato. —No es nada, no es nada, abuelo. Es que aquí hay demasiada gente. ¿Qué te parece si vamos a comer a casa?

La mente de Abelardo no estaba del todo clara.

Era fácil convencerlo.

Vera hizo todo lo posible para tranquilizarlo.

-

En el salón de al lado.

Beatriz seguía hirviendo de rabia por la falta de respeto de Vera, y comentó con frialdad: —Mírala nomás. Siempre a la defensiva, como una salvaje, ganándose el odio de todos.

Saúl soltó un suspiro de resignación: —Esa niña es igualita a su madre, nunca da el brazo a torcer.

—Pero bien que le sonrió la suerte, colándose en la familia Zambrano. ¿Cuántos trucos sucios habrá usado para lograrlo? —cuestionó Beatriz con el ceño fruncido.

A ella le molestaba en el alma que Vera se aferrara a ese estatus sin soltarlo.

No tenía vergüenza alguna, y eso la sacaba de quicio.

De pronto.

A Beatriz se le iluminaron los ojos.

Y miró a Saúl: —La entrevista de nuestra Silvana y Sebastián hoy se transmitirá al público, ¿verdad?

Saúl comprendió su intención de inmediato.

Se quedó callado.

No hizo nada para detenerla.

Si Vera no soltaba lo que no le pertenecía, ¿por qué desperdiciar la oportunidad?

Beatriz sonrió. —Voy a llamar al gerente del hotel. Le pediré un pequeño favor.

-

Pedro consiguió los vehículos rápidamente.

Vera empujaba la silla de ruedas de su abuelo hacia la salida.

De repente, la pantalla gigante del salón se encendió.

Vera volteó a mirar.

Puesto que ya habían cancelado la reservación de la comida, no había ninguna razón para que proyectaran algo en la pantalla.

Pero.

El anciano parpadeó, desorientado.

No entendía qué acababa de pasar.

Las manos de Vera temblaban sin control sobre los manillares de la silla de ruedas.

No quería ni imaginar lo que habría pasado si su abuelo lo hubiera visto.

A su edad y con su estado de salud, un disgusto así podría haber sido fatal...

Y justo cuando creía que eso era todo...

—¡Na na na! ¡Ladrona, devuélvele su lugar a mi hermana! Eres una sinvergüenza rompiendo la relación de mi hermana, ¡eres una mujer mala!

Una pequeña figura regordeta entró corriendo por la puerta.

Era Saulito, con un pequeño traje elegante, plantándose frente a Vera con las manos en las caderas, burlándose de ella.

Su rostro infantil estaba lleno de pura malicia.

Sus ojillos inquietos se desviaron hacia Abelardo, y su tono se volvió aún más arrogante: —¡Mi papá dice que los huesos viejos son solo huesos viejos! Si vives tanto tiempo, es porque le estás robando años de vida a tu familia. Cumples años el mismo día que yo, así que no vayas a robarme a mí. ¿Por qué no te mueres de una vez?

¡Zas!

El sonido de una bofetada resonó en el lugar.

Y cortó las palabras de tajo.

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