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GORDiTA Y EMBARAZADA. LA ELEGIDA DEL CEO romance Capítulo 3

El arte de insultar al jefe

El edificio de Blackwood Enterprises se erigía como una torre de cristal frío que parecía tocar las nubes. Para Elena, sin embargo, era una jaula de oro donde el aire acondicionado siempre parecía estar demasiado bajo. Caminó por el vestíbulo intentando ignorar las miradas de las recepcionistas delgadas y perfectamente maquilladas. Se sentía como una mancha de tinta en un lienzo en blanco; su blusa blanca, aunque impecable, le apretaba un poco en los brazos, y cada paso que daba era un recordatorio de la promesa que se había hecho: ahorrar lo suficiente esa semana para desaparecer.

Se sentó en su cubículo del departamento de archivos. Tenía una montaña de facturas por procesar, pero su mente era un caos. Las palabras de sus padres sobre el señor Gutiérrez y la cita en la clínica de aborto revoloteaban en su cabeza como moscas persistentes.

"¿Realmente puedo hacerlo?", se preguntó, mirando fijamente la pantalla del ordenador. "Si me voy a otra ciudad, ¿quién me dará trabajo estando embarazada? ¿Y si Matías tiene razón y nadie más me mira?"

Sintió que la ansiedad le oprimía el pecho. Necesitaba un escape, una grieta por donde huir de su propia realidad. Casi sin pensarlo, sacó su teléfono y abrió la aplicación de citas. Ahí estaba el mensaje de anoche de Alex.

Alex: "El mundo suele ser ciego ante lo que realmente importa. Pero dime, ¿quién decidió eso por ti hoy?"

Elena suspiró. Sus dedos volaron sobre el teclado, impulsados por una honestidad brutal que nunca usaría en la vida real.

Elena: "Mi ex, mis padres y, para completar el cuadro, mi jefe. Estoy rodeada de personas que piensan que mi valor se mide en kilos y que mi vida es un inconveniente."

En el último piso del edificio, en una oficina que ocupaba toda la planta, Alexander Blackwood se recostó en su silla de cuero italiano. Sus ojos grises estaban cansados de revisar contratos multimillonarios. Por pura curiosidad, y quizás buscando una distracción del vacío que le producía su vida perfecta y solitaria, abrió la aplicación.

Vio el mensaje de "Luz" (el seudónimo de Elena). Arqueó una ceja.

Alex: "¿Tu jefe también? Eso suena a una historia interesante. ¿Qué clase de tirano es?"

Elena: "El peor de todos. Alexander Blackwood. Es como un iceberg con traje de tres piezas. Pasa por los pasillos sin mirar a nadie, como si respirar el mismo aire que nosotros fuera un insulto para sus pulmones. Es frío, arrogante y probablemente no tiene sangre en las venas, sino nitrógeno líquido."

Alexander se quedó congelado. Una chispa de diversión, algo que no sentía en meses, se encendió en su mirada. Se inclinó hacia su computadora personal y, con un par de comandos rápidos en el sistema interno de seguridad de la red Wi-Fi de la empresa, localizó el origen del chat.

"Piso 4. Departamento de Archivos. Terminal 402. Elena De la Vega".

Alexander recordó el rostro de Elena. La veía a veces en las reuniones de personal o cuando llevaba documentos a la oficina principal. Sabía que sus empleados la llamaban "la gordita de archivos" a sus espaldas, pero él siempre se había fijado en algo que los demás ignoraban: sus ojos. Tenían una profundidad inteligente y melancólica.

De repente, la imagen de Elena que tenía en su cabeza cambió. Ya no era solo una empleada de archivos. Era una mujer valiente que, a pesar de tener el mundo en contra, todavía tenía el fuego suficiente para burlarse de él en una app.

Alex: "Tu jefe es un idiota si no se da cuenta de la mujer que tiene trabajando en el cuarto piso. No huyas todavía, Luz. A veces, las personas que parecen icebergs solo están esperando que alguien tenga el ingenio suficiente para derretirlos."

Elena sonrió frente a la pantalla, una sonrisa real que iluminó su rostro cansado.

Elena: "Dudo que alguien pueda derretir a Blackwood. Ese hombre solo ama sus balances de fin de año. Pero gracias, Alex. Hablar contigo es lo único bueno que me ha pasado hoy."

Alexander dejó el teléfono sobre su escritorio de caoba. Se puso de pie y se ajustó el abrigo de lana de cachemira. Tenía una reunión general en diez minutos y, por primera vez, estaba ansioso por asistir. Quería ver a Elena. No para despedirla por sus insultos, sino para ver de cerca a esa mujer que, sin saberlo, acababa de despertar algo en su frío corazón de CEO.

—Elena De la Vega... —susurró para sí mismo, con una sonrisa de medio lado—. Vamos a ver qué tan divertida eres en persona.

Tomó su carpeta de cuero y salió de su oficina, dejando atrás al hombre aburrido que era minutos antes. El juego de identidades acababa de comenzar, y Alexander ya no estaba dispuesto a dejar que Elena escapara a ninguna otra ciudad. No si él podía evitarlo.

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