La última salida
El amanecer se filtraba por las rendijas de las persianas como una amenaza. Elena no había dormido; había pasado la noche contando los latidos de su corazón, sintiendo el peso del secreto que llevaba en su vientre. Se levantó antes de que el sol terminara de salir, moviéndose con la agilidad de una sombra. Se puso lo primero que encontró, tomó su bolso y bajó las escaleras de puntillas, evitando los escalones que crujían.
Su mano ya estaba en el pomo de la puerta principal cuando la luz del pasillo se encendió de golpe, cegándola.
—¿A dónde crees que vas tan temprano, Elena? —La voz de Leonor, su madre, era como un látigo helado. Estaba allí, apoyada contra el marco de la puerta de la cocina, con una taza de café humeante y una mirada que no prometía piedad.
Elena se tensó, sintiendo que el aire se le escapaba.
—Mamá... tengo que trabajar. Hay mucho papeleo acumulado en la oficina.
—No irás hoy —sentenció Leonor, acercándose con paso firme—. En media hora salimos hacia la clínica. El doctor ya nos espera. Vamos a terminar con esta pesadilla de una vez por todas.
—¡No! —El grito de Elena resonó en el vestíbulo vacío—. Lo siento, mamá, pero no pienso abortar. Es mi hijo y no voy a dejar que me obliguen a matarlo.
Leonor se detuvo a pocos centímetros de ella. Su rostro, siempre perfecto y maquillado, se contrajo en una mueca de absoluto desprecio. Recorrió con la mirada el cuerpo de su hija, deteniéndose en su cintura, y soltó una risa seca.
—Muy bien. Si prefieres arruinar tu vida por un capricho, allá tú. Entonces te casarás con Gutiérrez. No permitiré que vivas bajo este techo como una mujer de mala vida. Vete a trabajar, Elena. Pero no regreses tarde. Esta noche te presentaremos formalmente como su prometida. Los preparativos ya están en marcha.
Elena no esperó a escuchar más. Abrió la puerta y salió corriendo, sintiendo que el frío de la mañana golpeaba su rostro húmedo por las lágrimas. Corrió hasta que le dolieron los pulmones, escapando de una prisión para meterse en otra: su propia mente.
Al llegar a la oficina, sus manos temblaban tanto que apenas pudo marcar su tarjeta de entrada. Se sentó en su cubículo y, con un movimiento mecánico, sacó una dona de chocolate que había comprado en el camino. Era su escudo, su único consuelo. Mientras masticaba, las imágenes de la noche anterior se proyectaban en su cabeza. Su jefe, el frío Alexander Blackwood, era "Alex". El hombre que la obligó a comer salmón era el mismo que le escribía palabras de apoyo.
"¿Cómo puede querer casarse conmigo?", se preguntaba mientras el azúcar le manchaba los dedos. "Él es perfección y yo soy... esto. ¿Por qué querría criar al hijo de otro hombre?".
—Elena, deja de soñar despierta —la voz de una compañera la sobresaltó—. Tienes que sacarle copia a estos informes financieros de urgencia. Déjalos en la oficina del jefe antes de que llegue.
Elena asintió, agradeciendo la distracción. Trabajó con la rapidez de una autómata. La fotocopiadora escupía papeles mientras ella los organizaba en una carpeta de cuero negro. Caminó hacia el piso 40, el corazón martilleándole en los oídos. Al llegar, notó que el escritorio de la secretaria estaba vacío. Miró hacia la oficina principal; la puerta estaba entornada y no se oía nada.
Entró con cautela, tratando de no hacer ruido. Dejó la carpeta sobre el inmenso escritorio de caoba y se giró para salir, pero en ese instante, la puerta se abrió de par en par. Alexander entró con su habitual aire de tormenta inminente.
—Buenos días —dijo él, con esa voz barítono que parecía vibrar en el suelo.
Elena dio un respingo tan violento que sus pies se enredaron. Tropezó hacia atrás, lista para caer contra el ventanal, pero Alexander reaccionó con la velocidad de un depredador. Sus manos, grandes y firmes, la sujetaron por la cintura, pegándola a su pecho. El calor de su cuerpo atravesó la ropa de Elena, y el aroma a sándalo la mareó más que el tropiezo.
—Lo siento... Señor Blackwood... no fue mi intención entrar así... —tartamudeó ella, tratando de recuperar el equilibrio mientras sentía el fuego en sus mejillas.
Alexander no la soltó de inmediato. La miró a los ojos, con una pequeña sonrisa ladeada que ella nunca le había visto en la oficina. Era una sonrisa privada, peligrosa.
—¿Ya lo pensaste, Elena? —preguntó él en un susurro, mientras sus manos seguían firmes en su cintura.


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