Penélope le palmeó el dorso de la mano.
—Estaba bromeando. Vaya susto que te llevaste.
—Siempre has sido una bromista, Penélope. —Cordelia soltó un suspiro de alivio.
Pero Emir no pensaba lo mismo. Podía sentir la lujuria en la mirada de Penélope hacia él. Ardiente y carnal, parecía que lo quería solo para ella.
Emir no pensaba bien de sí mismo. Era tan solo una inclinación particular de muchas mujeres ricas.
«Parece que tener un cuerpo inmaculado no es del todo bueno. No debería haber salido apenas vestido. Ahora lo he hecho y he llamado la atención de alguien».
Cordelia y Penélope se quedaron platicando un rato más.
Una de las cosas de las que hablaron fue del novio de Penélope en la universidad. Bastante enamorados, como uña y carne, incluso habían decidido casarse después de graduarse.
Cordelia le preguntó por qué terminaron separándose.
Tras vacilar un buen rato, Penélope se limitó a suspirar sin dar más detalles.
A Cordelia no le pareció extraño, ya que solo lo había preguntado por curiosidad. Como Penélope no parecía dispuesta a hablar de ello, no insistió.
Como se hacía tarde, Penélope se levantó. Antes de irse, dirigió a Emir otra mirada significativa. La forma en que lo miraba transmitía con claridad su deseo de tragárselo entero.
Emir se estremeció. Cuando Penélope se fue, él preguntó:
—¿Qué hacía aquí, Delia?
—¿Qué? —Cordelia estalló—. ¿No te vestiste de forma decente y la culpas por interesarse en ti?
Emir soltó una carcajada incómoda. Sabía que Cordelia no le había entendido.
Tras una pausa, explicó:
—El marido de Penélope es dueño de una gran empresa en Reposera, que tiene tratos comerciales con el Grupo Garza, así que se ofreció a organizarme una reunión con el dueño.
—Ya veo.
Emir asintió. No le dijo lo que en verdad pensaba: que Penélope tenía un motivo oculto en mente.
Pasó la noche.
Emir llegó a Clínica Albaricoque al día siguiente.
—Es a petición de mi maestro. Solo después de dirigir la consulta durante un tiempo empecé a recordar que, prestar asistencia médica, es un trabajo con sentido. Quedarme en casa demasiado tiempo parecía haberme soldado los huesos —dijo Darío riendo.
«¿Maestro?». Rogelio meditó el saludo. «El maestro del señor Rodríguez debe de ser un venerable anciano».
Sin proseguir con el pensamiento, Rogelio dijo:
—He venido hoy con una enfermedad, señor Rodríguez, y me gustaría conocer su opinión al respecto.
—Ya veo. Cuénteme sus síntomas.
—Parece que tengo problemas para orinar, y cada vez sale muy poca cantidad. Es más, siempre es en verdad amarilla —contó Rogelio.
—¿Te duele al orinar? —preguntó Darío mientras le tomaba el pulso a Rogelio.
—No.
—¿Alguna otra molestia?
—Aparte de un poco de hinchazón, no mucho más —dijo Rogelio después de pensarlo un momento.

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