—En resumen, quiero que dejes a Delia. No eres digno de ella.
Yelena fue al grano en cuanto Emir se sentó. No quería perder ni un minuto más hablando con él.
Emir soltó a medias:
—Cordelia y yo estamos enamorados de verdad. ¿Por qué intentas separarnos?
—¡Ja! —Se burló—. Si en verdad amas a mi hermana, no estarás desmayándote por otra mujer de manera simultánea.
—¿Cómo puedes decir eso? Lo que albergo es un amor envolvente. Eres la hermana menor de Cordelia. Amo a Cordelia, así que es obvio que tú me agrades.
Esbozó una sonrisa maliciosa y alargó con descaro el brazo para rodearle la cintura.
De repente, una sensación de frío subió por las piernas de Emir. Se apresuró a retroceder. Cuando miró hacia abajo, vio una daga clavada en la zona del sofá entre sus muslos.
«Vaya. Si no hubiera percibido su ataque con antelación y me hubiera alejado veinte centímetros a tiempo, me habría rebanado la hombría de un solo tajo. Lena es en verdad despiadada».
Mientras le invadía un miedo persistente, también se preguntaba si una persona corriente podía estar dotada de tal destreza.
Los antecedentes de Emir eran extraordinarios. En el frente, contaba con el apoyo de los treinta y seis Generales del Cielo. Además, también estaba al mando de las secretas Setenta y dos Fuerzas Sombrías.
Podría haber averiguado tan fácil toda la información de sus hermanas a través de las Setenta y dos Fuerzas Sombrías, pero no lo hizo. Emir respetaba la intimidad de sus hermanas.
Como tal, no sabía que, aunque Yelena era la dueña de un bar en apariencia, también tenía otra identidad: la asesina a sangre fría, Rosa Nocturna.
Su indicativo, Rosa Nocturna, era igual al nombre del bar. Por eso, nadie conectaría el punto entre Yelena y la salvaje asesina, ya que ningún asesino sería tan estúpido como para exponer su identidad de esa manera.
De vuelta al presente, Yelena también se sorprendió de haber fallado. Hacía mucho tiempo que no daba en el blanco.
Con rapidez sacó la daga y la blandió contra Emir.
Al instante siguiente, el extremo afilado de la daga apuntaba a la garganta de él, pero éste estaba bien preparado. Se apoyó hacia atrás en el respaldo del sofá y se dio la vuelta.
La hoja afilada no le alcanzó la cara por menos de un centímetro.
Yelena se puso con brusquedad en pie y dijo en tono hostil:
—No eres un tipo corriente.
Emir pudo esquivar su primer ataque por buena fortuna, pero la segunda vez no pudo ser tan simple como un golpe de suerte.
Yelena no era tonta, así que no ignoraba sus proezas. Incluso se daba cuenta de que sus capacidades estaban por encima de las suyas.
Emir sonrió.
—Una chica como tú no debería jugar con cuchillos. Es peligroso.
Justo después de decir eso, inclinó de repente el cuerpo hacia delante y chasqueó el dedo. Un segundo después sonó un crujido.
La daga en la mano de Yelena salió volando.
Que una asesina perdiera su arma, era un error fatal.
La incredulidad y el asombro se reflejaron en sus ojos. Pero, al segundo siguiente, su cuerpo se tensó porque Emir abrió de repente los brazos y la abrazó como un oso.
Era un abrazo inocente, pero Yelena no podía comprender su intención. Pensó que se estaba aprovechando de ella.
Una fría intención asesina brotó de su cuerpo.
«¡Este desvergonzado merece morir!».
En ese preciso momento, sonó la suave voz de Emir.
—Lena, soy yo, Emir. Sigo vivo.

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