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Guardián de Siete Bellezas Hermanas romance Capítulo 85

Las chicas de instituto como ellas sentían debilidad por los hombres geniales y extraordinarios.

Dulce se encontró ansiosa por saber más sobre el hombre que montaba aquella bicicleta.

Mientras tanto, Lauro, que estaba en el asiento del conductor, tenía una mirada sombría.

«¡Maldición! ¿Tú otra vez? ¿Por qué sigues apareciendo? ¡Al final salí para conseguir algunas chicas, solo para encontrarme contigo otra vez! ¿Te gusto o algo?».

Se sintió muy irritado cuando vio y reconoció a Emir por el retrovisor. No hacía mucho, se había acercado a Cordelia en el bar Rosa Nocturna con Sueño Celestial en la mano, pero Emir apareció y lo estropeó todo.

De no haber sido por su miedo a la Reina Rosa, Lauro habría arremetido contra Emir en el acto.

«¡No esperaba volver a encontrarme con ese desvergonzado hoy! Todas esas chicas lo miran con admiración. ¿Por qué no puedo conseguir algunas chicas en paz?».

¡Run! ¡Run!

Enfurecido, Lauro pisó a fondo el acelerador y llevó el auto a una velocidad de ochenta kilómetros por hora. Una sonrisa se dibujó en su rostro cuando dejó de ver a Emir por el retrovisor.

—Despacio, Lauro. Estamos en las montañas. Sé que estamos ansiosos por conocer a San Barba Amarilla y todo eso, pero no hay necesidad de apresurar las cosas —dijo Cirilo, preocupado.

—¡No te preocupes! Puede que no haya conocido antes a San Barba Amarilla, pero conozco el Monte Celeste como la palma de mi mano. El camino que tenemos por delante es llano y tiene amplias curvas —respondió Lauro con confianza.

Esperó a distanciarse bastante de Emir antes de aminorar un poco la marcha. Pero no tardó en volver a ver a éste por el retrovisor, que pedaleaba despreocupado detrás de ellos mientras mantenía una distancia de unos veinte metros de su todoterreno.

—¿Qué diablos? ¿Cómo está pasando esto? —exclamó Cirilo conmocionado.

Incluso Carlota, que se había enojado con Emir, no pudo evitar exclamar emocionada:

—¡No sabía que el señor Luna fuera tan increíble! ¡Debería haber dejado que me llevara en su lugar!

Por supuesto, a Lauro no le hizo ninguna gracia aquella afirmación suya. Le hirvió la sangre de celos y rabia, y volvió a pisar el acelerador.

¡Run! ¡Run! ¡Run!

Los tres dentro del auto se sorprendieron por la repentina aceleración.

—¡M…Más despacio, Lauro! ¡Tenemos miedo!

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