Emir le lanzó una mirada fría.
—¿Oh? ¿Así que me llamas «señor Luna»?
—¡Oh, vamos! ¡Lo siento por lo que hice! ¡También puedo llamarte «Guapo» si quieres!
—¡Si quieres un paseo en mi bicicleta, entonces llámame «Guapo» unas cuantas veces más! Asegúrate de hacerlo con voz dulce —replicó Emir con una sonrisa de suficiencia.
—¡Guapo! ¡Guapo! ¡Guapo!
—Muy bien, entonces. Ya que has sido una chica tan obediente, te concederé tu petición. ¡Sube!
Carlota se sentó excitada en el asiento trasero de la bicicleta y rodeó la cintura de Emir con un brazo mientras con el otro le apretaba la falda.
—¡Agárrate fuerte! Estamos a punto de despegar —dijo Emir con una risita.
¡Zum!
Carlota estaba tan asustada, que se soltó la falda y se abrazó con fuerza a Emir con ambos brazos. Apretó con fuerza la mejilla contra su espalda y gritó excitada con todas sus fuerzas.
La sensación de tener el viento soplando contra su cara a altas velocidades era algo que nunca había podido experimentar dentro de un auto.
«¡Esto es increíble!».
Dulce hizo un puchero de envidia mientras observaba.
—¡Aaahhh!
Los gritos de entusiasmo de Carlota resonaron por todo el Monte Celeste mientras la bicicleta subía sin esfuerzo la empinada montaña como un cohete.
Lo que la sorprendió aún más fue lo suave que fue el viaje a pesar de los baches del terreno que los rodeaba.
«El señor Luna es todo un profesional».
Carlota estaba en las nubes en ese momento.
Solo tardaron unos minutos en llegar al estacionamiento situado a mitad de la montaña. Había muchos autos lujosos estacionados ahí, así que el lugar estaba algo abarrotado.
—¡No podrá ser! ¡El señor Luna solo puede llevarme hoy! ¡Vas a tener que esperar hasta la próxima vez!
—¡Argh! ¿Cómo has podido hacerme esto? Creía que éramos mejores amigas —protestó Dulce mientras estiraba la mano para pellizcar la cintura de Carlota.
Mientras las dos chicas discutían, Cirilo corrió hacia Emir y le preguntó:
—¡Eres demasiado genial! ¿Podrías prestarme tu bicicleta un rato? Solo quiero que me la prestes un ratito.
«Lauro puede ser un imbécil, pero su hermano parece un buen tipo. Oh, bueno… Supongo que no hay nada de malo en dejar que se lleve mi bicicleta para un paseo rápido».
Tras un breve momento de vacilación, Emir acabó asintiendo y dijo:
—Puedes dar una vuelta rápida con mi bicicleta, pero tengo que recordarte que ésta solo me responde a mí. Intenta no desilusionarte demasiado, ¿de acuerdo?
—¡Entendido! Gracias —respondió Cirilo entusiasmado y se subió a la bicicleta.
Pero, por mucho que lo intentara, no conseguía realizar ninguna proeza extraordinaria con ella.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Guardián de Siete Bellezas Hermanas