Camila sabía en el fondo que su madre solo quería protegerla, evitando que repitiera sus mismos errores y terminara hundida en un callejón sin salida emocional.
—Mamá, no te preocupes. Te prometo que nunca me perderé a mí misma.
Al escuchar esa promesa tan firme, Faviola pudo respirar tranquila al fin.
***
En cuanto Urbano regresó a la base, solicitó de inmediato unos días libres a sus superiores.
En todos sus años de servicio, jamás había pedido un permiso, por lo que se lo aprobaron sin dudarlo.
Al llegar a la residencia de la familia Salcedo, Urbano buscó directamente a Tanya y a la señora Salcedo para hablar sobre la enfermedad de la joven.
Cuando Tanya escuchó que Urbano planeaba enviarla al extranjero para recibir tratamiento, el asombro se reflejó en su rostro.
—Urbano, los tratamientos médicos aquí en el país también son de primer nivel. Yo... yo quiero quedarme aquí —suplicó—. Quiero estar cerca de mi familia.
Urbano la miró a los ojos, con una expresión inquebrantable y sincera.
—Si de verdad quieres quedarte a recibir tratamiento aquí, me parece bien. Puedo pedirle a mamá que te acompañe y yo mismo iré a visitarte al hospital a menudo. Además, te compraré una casa cerca del hospital para que te mudes allá.
La sorpresa desdibujó las facciones de Tanya.
—¿Ya no quieres que siga viviendo en esta casa? ¿Por qué? ¿Acaso es porque a Camila le molesta mi presencia?
La señora Salcedo también se tensó al escuchar la pregunta.
Ella misma había sido quien le confesó a Camila los sentimientos que Tanya albergaba por Urbano. Y aunque él jamás había correspondido a ese amor, era natural que cualquier mujer pidiera una explicación.
Urbano negó con la cabeza y respondió con total franqueza:
—A Camila no le molesta tu presencia, sencillamente porque lo nuestro aún no ha llegado a un punto en el que ella sienta la necesidad de reclamar algo así.
»Pero a mí sí me molesta.

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