A Zhuang Fen se le quedó la mente en blanco.
¡La persona había caído de rodillas! Era imposible que hubiera confundido el sonido de las rodillas golpeando el suelo con otro. Hasta pudo sentir el miedo, el terror y la reverencia de aquella persona cuando él mencionó aquel nombre.
Zhuang Fen sintió que se le resecaba la garganta, no consiguió articular palabra alguna. Solo podía oír la respiración agitada de la persona que había llamado como si estuviera esperando que le sobreviniera la muerte.
—Tú...
Zhuang Fen lo miró y el cuerpo se le puso rígido. No podía contener el miedo.
—¿Esa es la persona que conoces en Donghai? —dijo Jiang Ning, luego tomó el teléfono y preguntó—: ¿Desde cuándo Donghai tiene alguien tan extraordinario como para matarme?
Temblando, el sujeto al teléfono pedía perdón:
—¡Estaba equivocado! ¡Me equivoqué! Gran Jefe, por favor, perdóneme. Gran Jefe, ¡perdóneme! No he hecho nada. Gran Jefe, ¡por favor, perdóneme!"
Zhuang Fen sintió como se le entumecía el rostro. «¿El Gran Jefe?». Había llamado a un hombre que admiraba y de rango bastante alto en Donghai. Sin embargo, llamó Gran Jefe a Jiang Ning, se arrodilló e imploró misericordia.
—Les dejaré el perdón a los dioses. Lo único que puedo hacer es enviarte a ellos —dijo Jiang Ning. Miró entonces a Zhuang Fen y, del susto, este dejó caer el teléfono que se quebró en dos.
Zhuang Fen sintió el cuerpo entumecido y las extremidades rígidas y, aunque quería ponerse de pie, su cuerpo no le respondía. Estaba demasiado aterrado.
«¿Será el Rey de Donghai y yo intenté amenazarlo? ¡Lo intimidé con que conocía a un pez gordo de Donghai! ¿En qué demonios estaba pensando? ¡Todo el círculo ilegal de Donghai y sus vecinos responden a este hombre!».
—Yo... Yo...
—No te creo —dijo Jiang Ning sin tapujos—. Mereces ir al infierno por todo el mal que has hecho. Antes de morir, paga todas las deudas que tengas y pide perdón a todos los que has agraviado.
Zhuang Fen tenía el rostro pálido.
»Así tu muerte será menos dolorosa. —Jiang Ning no dijo más y se fue.
Zhuang Fen se quedó petrificado en el sofá, con el rostro aún más pálido. Se arrepentía de haber hecho todas esas cosas terribles en el pasado. Sabía que algún día tendría que pagar por el mal que había hecho, solo que aún no quería hacerlo, pero el momento había llegado. ¡Ni siquiera los dioses podían salvarlo!
Jiang Ning fue con los suyos de vuelta a la casa de Número Dieciocho. Había mucha gente allí. Aquellos hombres eran tanto del círculo legal como del ilegal y todos temblaban de miedo.
Nadie esperaba que el Rey de Donghai apareciera. Ni siquiera se atrevieron a entrar en la casa de Número Dieciocho. Se quedaron afuera, con el corazón en la boca. Tenían miedo de morir. Jiang Ning los asustó más cuando los miró y frunció el ceño.

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