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Humillada y Abandonada, Pero Al Final Ella Ganó romance Capítulo 7

Sonó el timbre. Adriana estaba fuera, nerviosa e inquieta. La criada, Eva, abrió la puerta, un poco sorprendida al ver a Adriana allí, empapada y desaliñada.

—Señorita… —Eva no sabía qué había pasado, pero la dejó entrar. Le entregó a Adriana un par de zapatillas limpias y, pensativa, le colocó un chal sobre los hombros.

—El Señor Lincoln está en una videollamada. Me dijo que usted vendría. Espere un momento en la sala de estar —le dijo amablemente—. Le prepararé un té con limón.

Adriana se sintió ligeramente conmovida por la inusual amabilidad que le brindaba una desconocida. La calidez de Eva le infundió calma. No obstante, al mirar la decoración de la casa, su nerviosismo regresó. Dudó en sentarse para no manchar el impoluto sofá de Curtis, un hombre obviamente culto, pulcro y adinerado; un verdadero caballero.

Apenas tres minutos después, Curtis salió de su estudio. Llevaba ropa informal de casa, como si acabara de ducharse: su cabello estaba húmedo y naturalmente despeinado. Parecía tener la misma edad que Matthew, pero sus facciones eran más intensas y definidas, perfectas para el mundo del espectáculo.

De pronto, Adriana se sintió insignificante y la inseguridad la invadió.

«¿Por qué alguien como él querría casarse conmigo?».

—S-Señor Lincoln —lo saludó en voz baja.

Curtis la miró empapada y en un estado lamentable, y se detuvo.

—¿Qué ha pasado? ¿Has salvado el mundo de camino aquí? ¿eh?

Adriana se quedó paralizada, con la cabeza gacha por la vergüenza. No era precisamente la actitud caballerosa que esperaba.

—Eva, llévala a ducharse y tráele ropa limpia. —Curtis frunció el ceño, mirándola de arriba abajo—. Cualquiera que entrara pensaría que he recogido a una vagabunda.

Aunque su tono era severo, se dio la vuelta, tomó un medicamento, lo mezcló con agua y se lo entregó. Adriana se sintió un poco abrumada. La amabilidad no era algo que recibiera a menudo.

—G-gracias.

—Bébete esto y date una ducha caliente. Hablaremos después. —Tomó un contrato, un acuerdo prenupcial.

Adriana asintió y se tomó la medicina de un trago, siguiendo a la criada como un cachorro perdido. Curtis parpadeó y levantó la mano para detenerla, pero ya era demasiado tarde. ¿No estaba caliente el agua? ¿No era amarga la medicina? Ella se lo tragó todo como si nada.

«Esta Adriana… es bastante interesante».

Cuando Adriana salió del baño, se sorprendió al ver ropa limpia y seca ya preparada en la cama de invitados: una camiseta holgada y sencilla y unos pantalones cortos. Eva llamó a la puerta y entró sonriendo.

—Señorita, esta es la ropa de la sobrina del Señor Lincoln. Se quedó aquí unos días hace poco. Es nueva, ya está lavada. Espero que no le importe.

Adriana agitó rápido las manos.

—No, no, no me importa… Es solo que no quería ensuciarla…

—No pasa nada. Ella tiene mucha ropa. Ahora esta ropa es suya. —Eva se rio entre dientes, dejó el té de limón sobre la mesa y se marchó.

Adriana se vistió y se observó. Aunque sus piernas eran largas y pálidas, los pantalones cortos revelaban las cicatrices y los moretones del accidente, lo que la deprimía un poco. Después de un momento de duda, finalmente se secó el cabello y salió.

Curtis seguía en la sala de estar, aparentemente en una llamada telefónica. Adriana se detuvo detrás de la pared, temerosa de interrumpir. Al verla, Curtis finalizó la llamada y tomó el acuerdo prenupcial.

—¿Hablamos?

Capítulo 7 El acuerdo prenupcial 1

Capítulo 7 El acuerdo prenupcial 2

Capítulo 7 El acuerdo prenupcial 3

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