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IMPERDONABLE romance Capítulo 100

TOMO 2. CAPÍTULO 100. Una noticia sin sentido

Logan

El sonido de mi teléfono me despierta de golpe, arrancándome del ligero sueño en el que estaba atrapado. Por un segundo no entiendo qué está pasando, pero luego veo la notificación en la pantalla. Es una alarma que puse hace meses. La fecha del parto de Liliana, días más… días menos. Quizás se haya atrasado un poco, quizás ya los haya tenido.

Siento un nudo en el estómago. Todo mi cuerpo se pone tenso, y por un momento me quedo inmóvil, solo mirando el maldito teléfono como si fuera a decirme algo más.

“Hoy es el día,” pienso, aunque mi mente todavía está algo embotada. Prometí que estaría allí. Prometí que, si esos niños eran míos, no los abandonaría.

Me levanto de la cama y camino al baño con pasos pesados. Cada movimiento parece costarme el doble de lo normal. Me miro al espejo mientras me lavo la cara y no reconozco al tipo que me devuelve la mirada. Tengo las ojeras de alguien que no duerme bien desde hace meses, y el peso de mi "matrimonio" con Carolina se refleja en cada línea de mi rostro.

He pasado las últimas semanas enterrado en trabajo, buscando formas de ocupar mi mente. Incluso me obsesioné con encontrar un caballo que pudiera reemplazar a Kalaz en mi colección, pero no hay ninguno como él. Ninguno. Igual que no hay nadie como Liliana.

Suspiro y me dirijo al vestidor para cambiarme.

—¿Vas a la oficina? —pregunta Carolina desde la cama, con esa voz que últimamente suena más como un reproche constante que como algo cálido.

—Sí —respondo, mientras ajusto el cuello de mi camisa.

Ella se sienta en la cama, con el cabello desordenado pero la mirada alerta. Ni siquiera sé por qué insiste en dormir aquí.

—¿Por qué tan arreglado? ¿Es algo urgente?

—Tengo que hablar con mis abogados.

Eso debería ser suficiente para cerrar el tema, pero no con Carolina, porque rara vez he salido de la hacienda en los últimos dos meses, así que debe imaginar que si me estoy poniendo una corbata o rasurándome, debe ser asunto de fuerza mayor.

—¿Vas a ver a Liliana? —suelta de repente, con los ojos entrecerrados.

El tono de su voz me molesta, pero detengo lo que estoy haciendo y la miro directamente.

—No. Pero sí voy a cumplir con lo que le prometí. Ya debe haber tenido a los niños —digo con calma, aunque por dentro me quemo por saber si eso es cierto o no.

—¿Y qué? ¿Vas a aparecer como el gran héroe para ella? —Mi esposa se cruza de brazos y su actitud me enerva.

—Mira, Carolina —le digo, intentando mantener la paciencia—. Me casé contigo porque me aseguraste que, si esos niños eran míos, podrías aceptarlos y quererlos. ¿Ahora qué pasa? ¿Te molesta cumplir lo que me prometiste?

Ella se pone de pie y camina hacia mí con el rostro lleno de furia.

—¿Y qué esperabas? ¡Esos niños son un recordatorio de lo que ella te hizo!

—¡Y los niños no tienen la culpa de eso! —espeto sin poder creer lo que escucho—. ¡¿Por qué no me dijiste que eso era realmente lo que pensabas!?

Seis horas después, estoy al borde de la impaciencia. Miro el reloj por enésima vez, tamborileo los dedos contra el escritorio y reviso mi teléfono, aunque no hay mensajes nuevos. Sé que es día de visita, horas de visita, a menos que ella se niegue no hay razón para que no Bradshaw no haya conseguido una entrevista…

Finalmente, mi abogado entra a la oficina. Lleva una expresión extraña, mezcla de incertidumbre y algo que no puedo identificar del todo, y eso hace que olvide cómo respirar por un segundo.

—¿Ya está todo listo? —le pregunto, poniéndome de pie, pero él se acerca despacio, como si estuviera eligiendo con cuidado sus palabras.

—Señor… hay… hay algo que no sé cómo decirle.

Siento que el suelo vibra bajo mis pies y si corazón se estruja. Algo pasó con ella. Algo pasó con ella y con los niños, lo sabía.

—¿Qué le pasó a Liliana? —gruño entre dientes y él niega.

—La verdad es que non lo sé, la señora Liliana no está en la cárcel.

Sus palabras caen como un balde de agua helada sobre mi cabeza y me apoyo en el escritorio.

—¿Qué dijiste? —pregunto, aunque sé perfectamente lo que acaba de decir, simplemente no puedo creerlo

—Señor St Jhon… la señora Liliana Duque no está en la prisión.

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