TOMO 3. CAPÍTULO 130. Escalando la verdad
Logan
No puedo pensar. Todo en mi cabeza es un caos. La exhibición, Liliana, Kalaz. ¡Maldición! ¡Sé que es él! ¡Lo reconocería en cualquier parte! Y el hecho de que esté vivo significa que Derrick también me mintió en eso, que realmente lo vendieron y armaron la mentira, que…
—¡Es Kalaz, Vincent! —le grito mientras me aleja del circuito del hipódromo. Su mano está firme en mi brazo, pero no puede evitar que mi rabia burbujee hacia la superficie—. ¡No puedes decirme que estoy equivocado!
Vincent me suelta bruscamente, girándose hacia mí con una expresión de pura frustración.
—¡¿Y qué esperas que haga, Logan?! ¡Me aseguraron que estaba muerto! ¡Derrick lo confirmó, el maldito veterinario lo confirmó, los papeles de la prueba de ADN lo confirmaron! ¡¿Qué más querías que hiciera?! ¡¿Te piensas que soy un oráculo o algo así?!
—¡Maldit@ sea! —grito llevándome las manos a la cabeza—. ¡¿Entiendes lo que eso significa?! ¡Derrick me dijo que Liliana había orquestado mi muerte y yo le creí! ¡Y si ese caballo está vivo…!
—Entonces mintió en eso también —murmura Vincent cerrando los ojos y restregándose la frente porque los dos entendemos lo mismo: que Liliana no tuvo nada que ver con el accidente, que solo lo orquestaron para que pareciera así y nosotros nos lo tragamos de buena gana.
Él no responde de inmediato, y por un segundo ambos nos quedamos en silencio, respirando fuerte, tratando de recuperar el control; lo cual es un poco difícil teniendo en cuenta que Carolina aparece justo en ese momento, como si estuviera esperando la oportunidad para meter su cuchara.
—¿Qué demonios están haciendo? —exclama, cruzándose de brazos—. ¿Se dan cuenta de que están haciendo una escena?
—No es asunto tuyo, Carolina —le suelto, sin siquiera mirarla.
—¿No es asunto mío? —sisea, dando un paso hacia mí—. ¡Todo esto es culpa de Liliana! ¿Qué esperabas, Logan? ¿Que no aprovechara la oportunidad de humillarte frente a todos?
La miro, finalmente, y mi voz sale más baja, pero mucho más peligrosa.
—El problema es que cada vez me doy más cuenta de que la culpa no es tanto de Liliana como yo creía.
Eso la calla. Por primera vez en mucho tiempo, veo que pelea por controlarse, sus pupilas se dilatan, se queda ahí, con la boca entreabierta, mirándome como si no pudiera creer lo que acaba de escuchar… y yo tengo este maldito presentimiento…
—Vete, Carolina. —No lo digo en un grito, no necesito hacerlo porque mi tono es suficiente.
Ella me lanza una última mirada de incredulidad y resentimiento antes de darse la vuelta y marcharse, mientras sus tacones resuenan en el suelo como disparos.
Vincent suspira, pasando una mano por su cabello, y me mira con la impotencia reflejada en el rostro. Tira de mí hacia una de las paredes laterales y me habla bajo.
—¿Y ahora qué, Logan? ¿Qué demonios piensas hacer?
Lo miro, y sé que la desesperación debe estar escrita en mi cara.
—Quiero que localices al veterinario que firmó los papeles de la muerte de Kalaz. Quiero los informes, las pruebas de ADN, todo…
—¿Y qué crees que eso va a lograr? —pregunta, visiblemente cansado—. Incluso si encontramos algo, no servirá de nada a menos que tengamos una muestra del caballo de Liliana para comparar, y es evidente que ella no te dejará acercarte.
El lugar está oscuro, pero recuerdo vagamente cómo era. Una vez visité esta hacienda, cuando pertenecía a su dueño anterior. La memoria es borrosa, pero suficiente para guiarme.
Me escabullo hacia las caballerizas, con el corazón latiendo tan fuerte que estoy seguro de que alguien podría escucharlo. La noche está silenciosa, y cada crujido bajo mis botas parece un disparo.
Finalmente lo encuentro.
El cuartón de Kalaz.
Está ahí, majestuoso incluso en la oscuridad. Me acerco lentamente, con el pecho apretado, y rodeo al caballo hasta encontrarla.
La mancha.
Ahí está. Justo detrás de su pata derecha.
Sí es Kalaz. Por supuesto que es él. Por supuesto que Liliana lo encontró. Por supuesto que lo trajo aquí, sabiendo exactamente lo que haría conmigo.
Pero antes de que pueda darme la vuelta para irme, lo siento: Ese olor. Fresas.
Me congelo, y su voz suena detrás de mí, baja pero firme, con un toque de ironía que no pasa desapercibido.
—No aprecio las visitas que no se anuncian… señor St. Jhon.

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