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IMPERDONABLE romance Capítulo 36

CAPÍTULO 36. Un hombre desesperado

Logan

Jamás he sido un hombre impresionable, pero en el momento exacto en que veo a Liliana acurrucada en el rincón del cuartón, con Berserker levantando las patas a centímetros de ella, siento una desesperación que no había experimentado nunca. Es como si algo dentro de mí se activara, algo primitivo, feroz, angustioso.

No sé de dónde saco las fuerzas, pero me levanto. No hay dolor, no hay duda, solo adrenalina. Mis piernas no responden, pero mis brazos son suficientes. Tienen que serlo. Me impulso con todo lo que tengo y, antes de darme cuenta, estoy sobre Berserker. Mi cuerpo recuerda lo que tiene que hacer, incluso si mi mente sigue confusa y aterrada.

El caballo se sacude con fuerza, pero lo controlo. Es un animal magnífico, fuerte, pero conoce mi voz y cede.

—¡Cálmate, chico! —gruño mientras le sujeto las correas del bocado y lo guío fuera del cuartón.

Uno de los peones me alcanza justo a tiempo. Me sostengo de una de las anillas donde se cuelga el equipo y grito:

—¡Déjenlo correr! ¡Ahora!

Mis brazos se tensan mientras cuelgo y Berserker escapa de debajo de mí, galopando hacia campo abierto, alejándose del establo. Lo observo por un segundo, asegurándome de que esté bien, pero mi preocupación regresa de inmediato a Liliana.

—¡Tráiganme mi maldit@ silla! —grito, y en segundos la tengo de vuelta.

Me dirijo hacia el cuartón solo para ver que sigue en el rincón. Está temblando, abrazándose las rodillas, desorientada…

—¡Liliana! —la llamo—. ¡Lili! —Pero rodearla con mis brazos y levantarla solo me hace ver lo débil que está. Siento su cuerpo ceder y un segundo después es peso muerto sobre mi regazo—. ¡Lili! ¡Lili!... ¡Diablos!

Los peones salen de mi camino sin que tenga siquiera que advertirles. Liliana se estremece para vez que la aprieto contra mí, aun inconsciente, pero no logro que despierte.

Voy gruñendo desde las caballerizas hasta la casa y mi mirada es amenaza más que suficiente para que mi familia también se aparte sin preguntar.

Para cuando llego a nuestra habitación ya estoy a punto de ponerme a vociferar para que llamen al doctor, pero la veo abrir los ojos poco a poco. Empiezo a despertar cuando la estoy poniendo en la cama y por supuesto que lo que se encuentra no es al príncipe azul sino al dragón.

—¡¿Estás loca?! —le grito, aunque mi voz es aún más furiosa por la preocupación—. ¡¿Qué diablos estabas pensando?! ¡¿Entrar así…?! ¡¿Qué querías, que el caballo te matara?!

Liliana no responde al principio, pero finalmente sus labios se despegan.

—Solo quería ayudar…

—¡Pues no ayudes tanto! ¡Ayuda menos! ¡Es más, a partir de ahora tienes terminantemente prohibido ayudar en nada! ¡En nada! —vocifero y sus ojos se clavan en los míos con algo parecido a la comprensión.

—¿Estabas asustado por mí?

—¡Claro que no! —replico—. Habría tenido que sacrificar a Berserker si te mataba así que… solo me interesa mi cabello.

—Ya… —murmura tratando de levantarse y veo el gesto de dolor en su cara.

La noche llega antes de lo que espero y mientras intento dormir, las preguntas no me dejan descansar. Pienso en todos los que podrían tener acceso a los establos y a Berserker. Christian y mi padre están demasiado lejos. Gemma… es molesta, sí, pero no tiene la inteligencia o el carácter para planear algo así. Vincent es determinado, pero él va de frente; si quisiera matarme me dispararía entre los ojos y luego me diría por qué lo hizo. Y Anthony… bueno, Anthony ha besado el suelo por donde piso desde que era un chiquillo; no hay nadie más leal que él.

Entonces, ¿quién? Quizás esa incertidumbre es lo peor de todo.

Cuatro días más pasan sin que logre averiguar nada; y la rutina sigue su curso. Mi fisioterapia avanza bien, y por primera vez en semanas no siento dolor. El fisioterapeuta me dice que estoy casi listo para mi próxima operación.

—Si sigues así, pronto estarás de pie de nuevo, Logan —me dice, sonriendo mientras recoge sus cosas y mira a Liliana de reojo.

No me pasa desapercibido que no lo hace con deseo. ¡De verdad le agarró miedo a la enana y eso me hace gracia!

Le agradezco con un gruñido, y luego me giro hacia mi esposa con expresión interrogante.

—Ya no me queda ropa seca —finge quejarse ella y yo me encojo de hombros.

—Tú sin ropa no es algo que me moleste —replico.

Pero si bien esta fase de coquetería descarada parece interesante, cuando se hace completamente explícita me hace retroceder. Estamos a punto de ir a dormir cuando la veo quitarse la bata de dormir y observarme desde el otro lado de la cama. Sus ojos tienen un brillo extraño, y hay algo en su postura que…

—¿Lili…? —le pregunto, frunciendo el ceño y ella no responde, pero se mueve lentamente hacia mí, gateando sobre la cama—. ¿Liliana? —repito con un tono más serio y entonces lo escucho: Un sonido suave, como un ronroneo. ¿Estoy imaginando cosas?—. ¿Estás… ronroneando? —pregunto, incrédulo y sus pupilas dilatadas me cuentan otra historia—. ¡Joder, Liliana… mírame… ¡Mírame!

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