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IMPERDONABLE romance Capítulo 39

CAPÍTULO 39. El estado natural de un ogro

Logan

Jamás creí que llegaría el día en que dudara de mi propia sangre. Mi cabeza es un torbellino de sospechas y rabia mientras miro las tres pastillas sobre la mesa del comedor. Liliana no pudo haberse drogado sola; alguien tuvo que ponerle eso. Y para hacer algo así, tendrían que haber tenido acceso directo a las medicinas.

Los empleados no tienen las llaves del despacho y sé que no entrarían a mi habitación, y definitivamente no estarían lo suficientemente cerca de Liliana como para intentar algo tan elaborado. Eso solo deja a tres personas: Gemma, Anthony y Vincent.

—Tómenlas —ordeno, empujando las pastillas hacia ellos, y Anthony es el primero en hablar, con el rostro cargado de confusión.

—¿Qué demonios es esto, Logan?

—Son las pastillas que toma Liliana para su tratamiento. No les van a hacer absolutamente nada, pero quiero que se las tomen —respondo con una dureza que no deja lugar a protestas.

Anthony me observa con el ceño fruncido, pero se encoge de hombros y toma una de las pastillas.

—Si no hacen daño… —dice antes de tragársela con un sorbo de agua.

Gemma, por supuesto, no puede quedarse callada.

—¿Estás demente? ¿Por qué tendría que tomarme algo solo porque tú lo dices? ¡Y menos si es de esta p…! ¡No me da la gana! —rezonga.

—Ten mucho cuidado en cómo hablas de mi esposa porque parece que se te olvida que estás a prueba después de tu último numerito. Te tomas la puta pastilla porque lo digo yo, Gemma. No estoy para tus jueguitos. Si no tienes nada que esconder, tómala —respondo, cruzándome de brazos.

—Eres un imbécil, Logan. Siempre has sido un imbécil —espeta mientras se mete la pastilla en la boca, tragándosela con una mirada cargada de odio—. ¿Feliz ahora, jefe?

Entonces giro hacia Vincent, que permanece sentado, mirándome como si estuviera evaluando cada uno de mis movimientos.

—¿Y tú? —le digo, señalando la pastilla frente a él.

Vincent no se mueve.

—No me la voy a tomar.

—¿Qué? —pregunto siseando entre dientes.

—Ya me escuchaste, Logan. No voy a tomarla.

Siento la sangre subir a mi cabeza de una manera muy poco saludable. Ni siquiera va a replicar o explicarse, lo veo en sus ojos. Su respuesta es definitiva.

—¿Y por qué no? ¿Porque fuiste tú quien drogó a Liliana y sabes muy bien lo que tienen las puñeteras pastillas?

Gemma y Anthony me miran con los ojos abiertos como platos y mi hermana golpea la mesa, imagino que por no golpearme a mí.

—¡¿Qué?! —pregunta Anthony, visiblemente alarmado.

—¡¿Qué estás diciendo?! —grita Gemma.

—¡Que las pastillas tienen droga! —les grito de vuelta—. ¡Vayan a vomitar ahora mismo si no quieren estar follándose el uno al otro en menos de cinco minutos!

Gemma y Anthony regresan del baño poco después, gritando al unísono.

—¿¡Drogas!? ¿Por qué no lo dijiste antes, Logan? —exclama Gemma, furiosa.

—¡Me hiciste tragar eso! —se queja Anthony, mirando su estómago como si fuera a explotar en cualquier momento.

—¡Cállense los dos! —les ordeno—. ¡Ya basta de estupideces por un maldito día! ¡Es que no sé qué carajo hacen aquí ni…!

Pero no puedo seguir gritando porque miro alrededor y las palabras se me paralizan en la garganta cuando veo que Liliana no está. La busco por toda la casa, ignorando las miradas curiosas de los empleados, hasta que finalmente la encuentro en la cocina.

Está sentada frente a la mesa, con una taza de té en las manos, y como siempre el aroma dulce de las fresas llena el aire.

—¿Qué haces aquí sola? —pregunto, acercándome.

—Haciendo lo único que me calma —responde sin mirarme.

Me acerco a ella y el cansancio y la frustración finalmente me gobiernan.

—Creo que voy a necesitar de eso —suspiro, señalando su taza—. Como no me calme yo también acabaré gritándole al mismísimo Dios.

Ella me mira por un momento, sus ojos me evalúan, supongo que quiere saber si acabo de ser un ogro por lo que le hicieron o si estoy volviendo a mi estado natural. Finalmente suspira, toma un sorbo del té, se inclina hacia mí y me besa despacio, pasándolo de su boca a la mía con el gesto más dulce del mundo.

No lo esperaba, pero tampoco me quejo. Me gusta no tener que pedirlo. La beso, suave al principio, dejando que el sabor dulce del té se mezcle con el suyo, y tengo el extraño presentimiento de que esto… todo esto… estoy a punto de perderlo.

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