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IMPERDONABLE romance Capítulo 53

TOMO 2. CAPÍTULO 53. Decisiones a media luz

Logan

Estoy tan furioso que siento que mi cuerpo no puede contenerlo. Es como si toda mi rabia fuera un volcán a punto de estallar. Siempre supe, en el fondo, que había algo raro en todo esto, pero escuchar a Liliana confirmarlo… es como un golpe directo al pecho, en especial ahora que he empezado a sentir cosas por ella.

—Ese tipo… ¿Liliana ese tipo te ha lastimado de alguna manera? —gruño y ella niega con demasiada poca convicción—. Contéstame, Liliana —insisto y esa mano sobre su cicatriz se mueve ligeramente.

—Solo… un poco aquí, para probar un punto —susurra.

—¿Qué punto? —la increpo.

—Que puede hacerlo —me contesta y la suelto despacio porque de lo contrario el que acabará lastimándola aun sin querer seré yo.

Hay cosas que no me sorprenden, como que haya firmado todo lo que le pusieron delante un momento de vulnerabilidad. Si soy honesto no creo que estuviera pensando con mucha claridad mientras su madre se moría. Pero por otro lado no entiendo cómo pudieron darle ese anillo. Aunque ella no hubiera estado en contacto con alguien e mi familia directamente, es imposible que un médico al azar del hospital supiera sobre el anillo de mi madre o el valor que tiene para mí.

Cierro los ojos tratando de poner todo en orden y la escucho intentando controlar los sollozos, como si tuviera miedo de que me molestaran.

—Entonces… ¿por eso no querías que me operara en mi propio hospital? —pregunto con los dientes apretados, esforzándome por mantener la calma.

Ella asiente, y su mirada se clava en el suelo mientras su cuerpo tiembla un poco. Tiene miedo, ya es algo que puedo reconocer en ella con mucha facilidad.

—Estuviste en tu hospital después del accidente con el caballo, por días —murmura—. Despejaron un piso solo para ti, pero no fue para cuidarte. Fue para que nadie más pudiera llegar a ti. Hasta que Vincent no apareció con el doctor Esteban… no había posibilidad de salvarte.

Y la mención de ese nombre hace que maldiga por dentro.

“Vincent”. Soy un desconfiado de mierd@ pero no se puede negar que tuve razón pensando que querían matarme y todo eso.

—¿Y las pastillas? —le pregunto y su voz ya me lo había insinuado antes, pero ahora necesito oírlo completo—. Las pastillas con las que te drogaron… ¿de dónde salieron, Liliana?

—Creo que del hospital también —dice casi en un susurro, y su tono es tan frágil que parece que va a romperse—. Yo… yo no sé quién lo hizo, pero estoy segura de que todo viene de ahí. O del doctor Ryker o de alguien que lo esté ayudando.

Me recargo en la cama y cierro los ojos. Necesito pensar. Todo esto es un maldito caos, y lo peor es que estoy atrapado en medio.

—Entonces mi hermano… —respiro hondo porque es cierto que me dijo que un día me iba a arrepentir del carácter de mierd@ que tengo. Y bueno… hoy es el día.

—No creo que Vincent haya tenido nada que ver —murmura Liliana—. Yo debí… debí decírtelo en ese momento. Fue mi culpa, yo… me disculparé con él por ti, haré que regrese…

Yo, en cambio, no puedo cerrar los ojos. Mi mente no para de girar, tratando de encajar las piezas. El matrimonio falso, las amenazas, las pastillas, el doctor Ryker… ¿Quién diablos está detrás de todo esto? ¿Y por qué?

Bueno, obvio por dinero, no es que tenga poco. Pero no voy a tomar ninguna decisión hasta que tenga todas las respuestas. Eso lo tengo claro.

En los días que siguen, trato de descansar lo mejor que puedo. El equipo de Ranger sigue vigilándome como si fuera el presidente, y eso me da algo de tranquilidad. Él y Gabriella se despiden una semana después, asegurándome que volverán si los necesito; y Liliana y yo no volvemos a hablar del tema. Sé que está nerviosa y asustada, y me doy cuenta de que cada vez me importa menos si nuestro matrimonio es real o no.

Lo que siento por ella es real, y eso pesa mucho más que cualquier papel. El problema es que no sé si ella siente lo mismo.

Cuando Esteban finalmente me da el alta, una parte de mí se alivia; pero hay otra que sigue en tensión. Hay demasiados cabos sueltos, demasiadas preguntas sin respuesta.

Liliana está sentada en una silla junto a mi cama, jugando nerviosamente con las manos. La miro y siento un nudo en la garganta cuando el equipo de seguridad se divide en dos y veo la interrogante en sus ojos.

—Preparen la camioneta —digo con seguridad y Liliana se pone de pie, mirando a todos lados como si estuviera completamente desorientada.

—Logan… ¿qué pasa? —pregunta, clavando sus ojos en los míos, y mi voz no tiembla ni una vez cuando le respondo.

—Tú no vas a venir conmigo a casa.

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