TOMO 2. CAPÍTULO 79. Un punto final
Logan
La imagen de Liliana desplomándose frente a mí no deja de repetirse en mi cabeza mientras me obligan a salir de la sala de interrogatorios. Grito por alguien que la ayude, aunque siento que mi voz apenas sale. Una oficial entra rápidamente y se queda con ella. Yo, en cambio, no puedo. No puedo estar ahí.
—Señor St Jhon, por favor, acompáñeme —me dice uno de los agentes, con ese tono que mezcla falsa amabilidad con autoridad.
Mis pasos se sienten pesados mientras me llevan por los pasillos de la comisaría. Todo es un caos, voces, teléfonos, murmullos, pero para mí, es como si todo estuviera en silencio. Dentro de mi cabeza solo escucho el eco de mis propios pensamientos: ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Cómo demonios pasó esto?
Cuando me encuentro en una sala aparte, mis abogados ya están esperándome; y mi hermano Vincent me mira con seriedad, como si no supiera si debería autorizar o no que me cuenten lo que va a pasar.
—Escúpelo, sabes que me lo tendrá que decir tarde o temprano —siseó con crudeza porque ya no hay nada que me pueda hacer sentir peor que todo esto.
Él asiente y mira al jefe de los abogados, que ni siquiera intenta suavizar las cosas.
—Señor St Jhon, tenemos que hablar sobre su postura con respecto a la señora St Jhon, y tenemos que hacerlo ahora mismo.
—No puedo… —murmuro, llevándome las manos al rostro.
—Sí puedes, y vas a hacerlo —me interrumpe Vincent con esa firmeza que siempre ha tenido.
Se sienta frente a mí y el abogado pone una carpeta sobre la mesa. Apenas la abre, la primera imagen es la de Liliana esposada, entrando a la comisaría.
Aparto la vista de inmediato.
—No quiero verlo.
—Pues necesitas verlo porque esto es lo que va a salir mañana en la primera plana del periódico si no logramos pararlo. Esto es grave, Logan. El fiscal tiene un caso sólido contra ella.
—Es imposible que sea culpable —respondo automáticamente, aunque mi voz no suena tan convencida como quisiera.
Vincent me observa por un momento, cruzando las manos sobre la mesa.
—Logan, el fiscal va a procesarla por tráfico de órganos. Tienen pruebas que la conectan directamente con los movimientos de dinero, con los registros del hospital y hasta con un caso que involucra el riñón que recibió su madre.
—¡Maldición! —grito, golpeando la mesa con ambas manos, aunque sé que esto ya hace mucho que se salió de mi control.
—Escucha, sé que no quieres escuchar esto… yo tampoco quiero, pero es lo que hay —murmura mirando al abogado y este se adelanta.
—Señor St Jhon, si no se desentiende de Liliana ahora mismo, su nombre y el de su familia quedarán arrastrados en este escándalo.
—¡¿Qué se supone que haga entonces?!
—Escúcheme, por favor. —Su tono es nervioso, casi urgente—. Los hospitales ya están bajo investigación por su causa. Si no tomamos medidas drásticas, la empresa familiar podría empezar a desmoronarse en cuestión de semanas. Y no solo hablo de los hospitales; hablo de todo. Sus finanzas, sus propiedades, sus contactos. Todo podría quedar contaminado por esto y no habría forma de levantar su nombre de nuevo.
—Lo siento tanto… —dice, y sus ojos brillan con… algo
—Tú no tienes la culpa de nada de esto —respondo, más brusco de lo que pretendía, y ella aparta la mano.
—Eso no cambia que esté preocupada por ti. Sé que esto es un golpe duro pero…
No digo nada. Simplemente paso junto a ella y sigo caminando hacia la salida. Necesito aire, aunque el aire de afuera no es menos pesado que el de adentro. Vincent me sigue, pero no dice nada hasta que llegamos al coche, me arranca las llaves de las manos y le señala el asiento del copiloto.
—Te voy a llevar a algún lugar donde puedas despejar la cabeza.
—No quiero despejarme.
—No tienes opción.
Me lleva a un bar, un lugar oscuro y casi vacío. Me siento en una mesa al fondo, y en cuanto el camarero se acerca pido un whisky. Vincent no dice nada. Simplemente me observa mientras vacío el primer vaso y pido otro.
—Sé que necesitas esto, pero espero que sepas que esto no va a resolver nada, Logan —murmura y yo lo miro por encima del vaso mientras bebo.
—No quiero resolver nada.
Bebo hasta que la sala empieza a girar y mi mente se adormece. Hasta que los recuerdos de Liliana, de su rostro pálido y sus ojos llenos de lágrimas, se difuminan en la oscuridad del alcohol.

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