TOMO 2. CAPÍTULO 83. Un clavo que… intenta sacar a otro.
Logan
Los días pasan sin sentido, como si el tiempo hubiera dejado de importar. Me despierto, reviso pendientes, visito un hospital, hablo con la junta directiva, vuelo a otro estado, reviso más pendientes, y me voy a dormir. No pienso, no siento. Me muevo como un autómata porque es lo único que puedo hacer para no pensar en Liliana. Cada vez que su nombre aparece en mi mente, lo aplasto con la misma disciplina que uso para manejar la empresa.
He pasado por todos los hospitales de la costa este y ahora estoy en Nueva York, tratando de mantenerme ocupado. Pero no importa cuánto haga, el vacío sigue ahí. Me siento en la oficina temporal que prepararon para mí y llamo a mis abogados para saber cómo van las cosas.
—¿Hay alguna novedad sobre el caso y los hospitales? —pregunto sin saludar y por el ruido me doy cuenta de que tiene puesto el altavoz, quizás en su sala de juntas.
—Por ahora no hay motivos de preocupación. Los documentos que involucran a la empresa están limpios, señor St Jhon —me dice el jefe del departamento legal—. Por suerte el comisionado LaRosa ha logrado mantenernos alejados de todo eso. Las acusaciones se centran en Liliana y en lo que hizo.
Respiro aliviado, aunque la mención de su nombre me hace apretar los dientes.
—¿Y ella? —pregunto después de un silencio que se alarga demasiado.
—No firmó la confesión —responde otro de los abogados—. Está esperando juicio en la cárcel del condado porque no pudo pagar la fianza de tres millones.
Eso me toma por sorpresa. No entiendo por qué se niega a firmar si la condena es inevitable. ¿Se aferra a una mentira? ¿Realmente cree que puede engañar a todo el sistema judicial? ¿Y por qué no paga esa fianza?
—¿Podríamos…?
—No. —La respuesta llega incluso antes de que formule la pregunta—. No podemos ayudarla de ninguna manera, ni siquiera a través de terceros; si llega a saberse podrían acusarnos de complicidad.
Aprieto los dientes y ni siquiera sé cómo estoy soportando esto.
—¿Qué pasa si pierde el juicio? —pregunto, sin entender por qué quiero saber más.
—El fiscal la tiene en la mira, así que si pierde, que es casi seguro, pedirá cadena perpetua para ella.
Cuelgo antes de que puedan seguir hablando. No quiero escuchar más. Salgo de la oficina directo a un bar cercano, un lugar oscuro y discreto donde puedo desaparecer por un rato; me siento en la barra y empiezo a beber.
No sé cuántas copas llevo cuando escucho una voz conocida detrás de mí.
—¿Logan…? ¿Qué estás haciendo aquí?
Me doy la vuelta y ahí está Carolina, impecable como siempre, con un vestido ajustado y su sonrisa perfecta.
—¿Qué haces en Nueva York? —pregunto, sorprendido.
—Compras —dice, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. ¿Tú?
—Trabajo.
Ella se sienta a mi lado, pidiendo una copa, y nos ponemos a hablar, o más bien ella habla y yo escucho a medias. Carolina siempre tiene algo que decir, algo que parece irrelevante pero que llena el espacio vacío de mis pensamientos. Bebemos juntos, y no sé cómo, pero termino riéndome de algo que dijo.
—Tienes que relajarte un poco, Logan —dice, inclinándose hacia mí—. No puedes cargar el peso del mundo todo el tiempo.
—¿Qué hicimos? —pregunto finalmente, aunque ya sé la respuesta.
—Algo que necesitabas desde hace mucho tiempo —responde ella, sin dejar de sonreír.
—Carolina, esto…
—Logan, no lo hagas complicado —me interrumpe, sentándose y cubriéndose con la sábana—. Solo escucha por un momento, ¿sí? —Me quedo en silencio, esperando a que siga—. Es hora de que dejes todo atrás —dice, con una voz seria que no esperaba de ella—. Liliana te traicionó, Logan. Tienes que aceptarlo. Tienes que aceptar que nunca fue la persona que pensabas que era. Si sigues mirando hacia atrás, nunca vas a superar esto. Nunca vas a recuperar tu vida.
—¿Y qué sugieres que haga?
—¡Mira en otra dirección! Mírame a mí —responde, como si fuera la solución más obvia del mundo—. Estoy aquí, Logan. Siempre he estado aquí.
No sé qué decir. Las palabras se quedan atrapadas en mi garganta, y mi mente está demasiado nublada como para pensar con claridad.
Me levanto de la cama y me visto en silencio, evitando mirarla. Necesito espacio, tiempo para entender qué está pasando.
—Voy a salir —digo finalmente, porque las cosas no son tan simples como intentar sacar un clavo con otro.
Carolina no se ve molesta. Solo asiente y se recuesta de nuevo en la cama, como si supiera que volveré.
Pero mientras cierro la puerta detrás de mí, lo único que sé es que no tengo idea de qué dirección tomar, o si alguna vez podré mirar en otra dirección que no sea Liliana.

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