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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 1037

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—¿Qué miras? ¿Acaso también quieres morir? —gruñó Sebastián, fulminándola con la mirada. Sus ojos rebosaban de una furia enloquecida.

—Hermano... ¿cómo te pasó esto? —preguntó Sabrina, arrodillada en el suelo, mirándolo con terror—. ¿Quién fue? ¿Quién te dejó así?

—¿Quién más crees que fue? —respondió Sebastián con veneno en los ojos, aunque arrastraba las palabras porque tenía la mandíbula destrozada—. ¡Kiara! ¡Esa maldita mujer!

¿Kiara?

¿Esa campesina?

¿De dónde sacó la fuerza para dejar a su retorcido hermano como un inválido?

¿Cómo era eso posible?

¿Desde cuándo Kiara tenía semejante poder?

Justo cuando Sabrina estaba a punto de decir que era imposible, recordó de pronto...

Esa misma mañana, su hermano había jurado con total seguridad que Kiara no tendría la menor oportunidad de presentarse para liderar a su equipo en la competencia.

Kiara jamás aparecería en el lugar del torneo.

Sin embargo, Kiara había vuelto junto a Rosana y habían ganado la primera ronda de manera brillante.

Entonces...

Esa mañana, su hermano realmente planeaba darle a Kiara una lección inolvidable.

Pero el resultado final fue que... ¿Kiara había destrozado a su hermano?

¿Cómo era que esa tal Kiara era tan peligrosa?

Mientras Sabrina estaba allí con los ojos abiertos de par en par y la boca abierta por el impacto...

¡Plaf!

Una fuerte bofetada aterrizó violentamente en su mejilla.

El golpe fue tan fuerte que Sabrina, que estaba arrodillada, se fue de bruces contra el piso, y los oídos le empezaron a zumbar.

Temblaba de dolor, la vista se le nubló, y un hilillo de sangre le escurrió por la comisura de los labios.

Se quedó ahí temblando, gimiendo y llorando mientras recibía las patadas.

—Lo siento, papá, lo siento...

Sus súplicas solo avivaron la furia de Guillermo.

—¡Lo siento, lo siento, lo siento! ¿Crees que un maldito lo siento sirve de algo?

Guillermo pateó a Sabrina una y otra vez, descargando toda la frustración de ese día sobre ella.

Solo cuando se quedó sin aire, paró, jadeando pesadamente. Su mirada sombría se dirigió de nuevo a su hijo en la cama.

Habló con una decepción profunda.

—¡Y tú, Sebastián! ¡Tenía puestas todas mis esperanzas en ti!

—¡Eras el más parecido a mí, en quien más confiaba! Eras el heredero perfecto de Guillermo Benítez, ¡y mírate ahora!

—¡No pudiste ni con una mujer, y además dejaste que descubriera la dirección de la fábrica abandonada! ¡¿Tienes idea de que si alguien descubre el secreto de esa fábrica, la familia Benítez estará completamente acabada?!

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