Los ojos de Santiago y los demás se abrieron como platos, mirando el equipo en las manos de Kiara con absoluta incredulidad.
¿Lo sacó del laboratorio nacional?
¡Su capitana se había robado equipo del estado!
Santiago tragó saliva, nervioso.
—Pero... pero capitana, solo hay doce laboratorios en la isla, y ya todos fueron asignados a los demás equipos.
—Si nosotros exigimos un cambio, ¿eso no significa que mandarían a otro equipo a ese cuchitril en ruinas?
Todos ellos venían de familias humildes, de zonas alejadas.
Sabían mejor que nadie lo crucial que era esta oportunidad para estudiantes comunes y corrientes como ellos.
No querían arruinarle la vida a otra persona solo para salvarse a sí mismos.
Si otro equipo terminaba en ese laboratorio asqueroso, su futuro en la competencia estaría acabado.
Una competencia solo valía la pena si era justa.
Kiara guardó los equipos en su estuche y miró fijamente a Santiago.
—Santiago, te hace falta pensar un poco más rápido.
—Esta isla es una reserva federal de exclusividad estatal. Fue construida específicamente como un centro de investigación para los mejores científicos del país.
—¿Tú crees que en un lugar financiado por el gobierno existiría un laboratorio en ruinas?
—Ese 'laboratorio' que nos dieron era solo una bodega abandonada. Fue un montaje de Humberto y la familia Benítez para humillarnos.
Un centro de investigación de élite del país...
¿Cómo iba a faltarle un buen laboratorio?
—En cuanto a dónde vamos a hacer nuestros experimentos, no es un problema que nos incumba.
—De ese pequeño desastre se va a encargar el mismísimo Humberto.
Tras decir esto, Kiara tomó su equipo y se dirigió tranquilamente hacia su habitación.
Dejando a su equipo mirándose las caras, procesando la información.
Jaime susurró:
—Oigan... ¿qué quiso decir la capitana?
Santiago lo pensó por un segundo y luego soltó una carcajada.

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