Los competidores que estaban mirando también retrocedieron entre gritos.
El pánico comenzó a contagiarse.
—¿De verdad había tantos bichos?
—¿Cómo llegaron a la isla?
—Si algo así te muerde... ¡te mueres ahí mismo!
—Qué horror, con razón los del Equipo Atrapasueños estaban así. Yo... yo no voy a poder dormir.
—Señor Humberto, ¿cómo es que hay tantos animales venenosos? ¿Nuestra seguridad está garantizada?
...
Al ver que el pánico se estaba apoderando de la multitud, Humberto supo que, si esto afectaba la competencia, él sería el principal responsable.
Una multa sería lo de menos.
Lo peor sería que lo despidieran por negligencia.
¡Estaría acabado!
De inmediato levantó las manos, adoptó una postura de autoridad y gritó con voz severa: —¡Silencio! ¡Todos, cállense!
El lugar quedó en silencio, pero el terror aún se notaba en los rostros de los estudiantes.
Humberto puso cara seria: —Les aseguro que la isla fue rigurosamente fumigada. Si quedó alguna plaga, ya la limpiamos.
—Esta misma noche coordinaré una segunda fumigación con mi equipo y la seguridad. No habrá más problemas.
—Ahora, regresen todos a sus habitaciones y descansen. No dejen que esto afecte la competencia de mañana.
Los estudiantes se miraron entre sí.
Aún estaban asustados.
¿Quién les garantizaba que no había bichos en sus cuartos?
Pero al ver la expresión furiosa del juez, nadie se atrevió a contradecirlo, así que comenzaron a dispersarse poco a poco.
Sabrina y Pamela se quedaron congeladas en su lugar, negándose a dar un solo paso hacia la suite.
—¡No voy a entrar! ¡Seguro que hay más! —Sabrina sacudió la cabeza, aterrorizada al ver la habitación.

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