El rostro de Sabrina se puso pálido como el papel.
Pamela también tenía una expresión sombría y desencajada.
Ambas miraban con resentimiento puro a Kiara, quien ya estaba escribiendo fórmulas en la pizarra.
Frente al pizarrón, la multitud estaba completamente apretujada.
Los que no consiguieron lugar para sentarse, se quedaron de pie.
Básicamente, todos los competidores de la isla estaban congregados ahí, asomando la cabeza para no perderse ni un solo trazo de las fórmulas que Kiara escribía.
La miraban como si estuvieran contemplando a una divinidad.
—Ca-capitana... —murmuró uno de los integrantes del Equipo Atrapasueños, asomándose desde atrás—. Nosotros tampoco hemos podido avanzar en esta etapa... Tal vez deberíamos escuchar un poco, a ver qué dice.
Los miembros del equipo estaban desesperados.
Querían abrirse paso a empujones para acercarse a la pizarra.
Esta era la clave absoluta para finalizar todo el proyecto.
Si lograban obtener el proceso de deducción de esos datos centrales directamente de Kiara...
Su ritmo de avance se multiplicaría exponencialmente.
Y dejarían de estar estancados.
Pero Sabrina, enfurecida, le dio una bofetada repentina al estudiante.
—¿Qué demonios quieres escuchar? ¡Es obvio que esa maldita nos está poniendo una trampa para hundirnos a todos!
—¿Crees que de verdad tendría tan buen corazón como para ayudar a sus competidores?
—¡Si le hacen caso, lo único que van a conseguir es arruinar todos nuestros datos!
—¡Los integré a mi equipo y les di los mejores privilegios para que me demuestren de qué están hechos! ¡Váyanse ahora mismo a investigar y a sacar esos cálculos! ¡Más les vale que logremos pisotear a esa perra para que se le quite la arrogancia!
Diciendo esto, Sabrina dio media vuelta y se marchó echando chispas.
Pamela le lanzó a Kiara una mirada oscura y se apresuró a seguirla.
Los otros tres miembros del Equipo Atrapasueños se quedaron petrificados. Sus rostros reflejaban una profunda frustración.
Se quedaron mirando atónitos a Kiara, que, rodeada de luz, escribía fluidamente una cascada de ecuaciones en la pizarra.
Al principio, todos creían que una explicación matemática de ese nivel, incluso si la daba un académico reconocido nacionalmente, tomaría al menos medio día solo para llegar a la idea principal.
Y ella había dicho que media hora sería suficiente.
La mayoría pensó que absorberían lo poco que pudieran entender en esos treinta minutos.
Al fin y al cabo, esa deducción matemática era el eslabón vital de todo el experimento neuronal.
Esa barrera intelectual había mantenido estancados a todos los genios de la competencia.
Pero, a medida que avanzaba la explicación, se dieron cuenta de algo asombroso.
Kiara, plantada frente a la pizarra, desmenuzaba esas fórmulas caóticas y densas, desarmándolas capa por capa.
Con un lenguaje directo, preciso y claro, lograba que todos comprendieran a la perfección.
No usaba terminología académica pretenciosa e indescifrable; iba directo al grano, aislando las variables clave y resolviéndolas.
No habían pasado ni veinte minutos.
—Eso es todo —dijo Kiara, dejando el marcador. Su mirada se paseó por los rostros atónitos de los estudiantes, quienes la miraban con los ojos muy abiertos—. Si logran procesar esta lógica matemática, el resto de los procedimientos fluirán solos.

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