Hasta llegó a convencerse a sí misma de que...
Su Joaquín había venido exclusivamente por ella.
Le encantaba la sensación de este momento.
Ser admirada y envidiada por todos los presentes.
Era el centro absoluto de la atención.
El corazón de Pamela Ibarra latía desbocado.
Miró a Joaquín con un gesto aún más tímido y no pudo evitar dar un paso más para acercarse a él.
—Joaquín, yo...
Incluso extendió la mano, intentando tomarlo de la manga del traje.
Buscaba aprovechar la conmoción de la multitud para consolidar su estatus de prometida frente a todos.
Joaquín siempre había sido un caballero.
Además, los unían muchos años de trato cordial.
Don Fernando Carrasco también le tenía mucho cariño.
Con tanta gente observando, Joaquín seguramente le mostraría algo de cortesía, al menos para no dejarla en ridículo delante de todos.
Esa era la lógica de Pamela.
Pero el hombre ni siquiera le dirigió una mirada.
Simplemente avanzó con sus largas piernas, pasando de largo junto a ella, y se dirigió directamente hacia el otro lado del grupo.
La mano de Pamela quedó suspendida en el aire.
Su sonrisa se congeló en su rostro.
Giró la cabeza lentamente.
Y vio a Joaquín detenerse justo enfrente de Kiara.
El aura fría y dominante que irradiaba hace unos segundos desapareció por completo.
Su mirada gélida se derritió en un mar de absoluta adoración.
Bajó la mirada y, con sus largos y elegantes dedos, apartó con naturalidad un mechón de cabello que el viento le había alborotado a la chica, colocándolo detrás de su oreja.
Un gesto tan íntimo que parecía haberlo hecho miles de veces.
Luego, tomó la mano de Kiara, y la devoción en sus ojos era tan intensa que casi podía sentirse en el aire.
—Has adelgazado —murmuró él con voz ronca y llena de ternura—. Estos días han sido muy duros para mi Kiki.

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