...
Al día siguiente.
Un vehículo todoterreno negro y modificado, de un lujo discreto, rodó por el camino de tierra lleno de baches hasta llegar al remoto y desolado poblado.
El campo donde vivió la abuela Julia estaba tan apartado que apenas aparecía en los sistemas de navegación.
El trayecto era un laberinto sin asfaltar.
Todo el camino había sido trazado a punta de pisadas por los propios lugareños a lo largo de los años.
Kiara estacionó el auto no muy lejos de la entrada, ya que resultaba imposible avanzar más en vehículo.
Bajó del auto.
Llevaba una sencilla camiseta blanca y pantalones oscuros. En la cabeza, una gorra negra, y colgando de un hombro, una mochila de lona descolorida por las lavadas.
Sin embargo, su aura fría, deslumbrante y dominante, propia de alguien de la alta sociedad, desentonaba de forma brutal con aquel lugar atrasado y en ruinas.
Caminó por el sendero embarrado hasta llegar a la entrada del pueblo.
Solo se detuvo cuando sus ojos se posaron en el viejo letrero de madera que indicaba la entrada del lugar.
Hacía cuatro años que no pisaba ese sitio.
Nada más entrar, escuchó unos gritos más adelante.
—¡Esto es mío, yo lo vi primero!
—¡Mierda, yo lo agarré primero!
Kiara levantó la mirada.
Tirados en el lodo, dos hombres se peleaban a muerte por unas papas.
Estaban cubiertos de barro, sucios y miserables.
Kiara los reconoció de un solo vistazo.
Eran el antes intocable e insolente primogénito de los Zúñiga, Benjamín Zúñiga, y el antiguo casanova engreído, Samuel Zúñiga.
El que alguna vez vistió trajes hechos a la medida y el mujeriego que derrochaba dinero a manos llenas.
Ahora estaban revolcándose en el fango peleando por unas cuantas papas.
Empujándose y maldiciéndose sin piedad por un simple bocado.
—¡Suéltame de una buena vez, yo lo desenterré primero! —Samuel empujó con furia a Benjamín.
—¡Lárgate de aquí, soy tu hermano mayor! Llevas días sin trabajar, ¿y tienes el descaro de querer comer? —respondió Benjamín, devolviéndole una patada sin dudarlo.
Ambos rodaron por el lodo, trenzados a golpes.
Daban una imagen sumamente patética.
Miró fijamente aquella esbelta y familiar figura:
—¿Ki... Kiki?
La voz de Dana temblaba; no podía dar crédito a sus propios ojos.
Al escuchar ese nombre...
Los dos hermanos que se revolcaban en el lodo, al igual que Tristán, que se daba masajes en la espalda por el dolor, se quedaron paralizados.
Levantaron la cabeza al unísono, siguiendo la mirada de Dana.
Cuando vieron a Kiara, abrieron los ojos de par en par, al borde del infarto.
Acto seguido...
En aquellos ojos agotados y turbios estalló una llamarada de esperanza febril.
—¡Kiara! ¡Kiara!
A Samuel se le cayeron las papas de las manos, pero ni le importó. Corrió a tropezones, casi gateando por el lodo, y gritó:
—¡Viniste a buscarnos, ¿verdad?! ¡Vas a llevarnos de vuelta a Clarosol, ¿cierto?!
Dana tiró las hojas marchitas que tenía en las manos y también se acercó tambaleándose:
—¡Kiki, mi niña hermosa! ¡Sabía que no serías capaz de darnos la espalda!

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