¡Fue Tristán!
¡Él destruyó el futuro de la familia con sus propias manos!
¡Destruyó su sueño de volver a ser parte de la élite!
¡Les arrebató a su protectora y acabó con cualquier esperanza de volver a Clarosol!
De repente, Dana pareció perder la cabeza. Con los ojos inyectados en sangre, lanzó un alarido y se abalanzó sobre Tristán, agarrándolo del cuello.
—¡Tristán, asesinaste a mi suegra! ¡Pobre mujer!
—¡Arruinaste a toda la familia! ¡Destruiste nuestras vidas!
Tristán ya había recibido una bofetada y una patada brutal. Su cuerpo entero dolía a horrores y no tenía fuerza para defenderse.
Dana lo arañaba y mordía sin piedad.
Él gritaba de dolor.
Al ver lo que hacía su madre, Samuel entendió la jugada al instante. Corrió hacia Kiara y se arrodilló.
—¡Hermana, fue él... él lo hizo todo! ¡Él mató a la abuela, él debe pagar! Pero no es nuestra culpa... Llévateme de aquí, te lo suplico, llévame a Clarosol. ¡Te prometo que seré obediente y seré un buen hermano!
—¡Él la mató, nosotros no sabíamos nada!
El rostro de Kiara permaneció implacable. Miró a Samuel sin la más mínima compasión.
Samuel apretó los puños.
No quería perder su vida de lujos; no quería quedarse en ese rincón perdido sufriendo miserias.
Se abalanzó también sobre Tristán.
—¡Todo es tu culpa! ¡Si no fuera por ti, nuestra hermana ya nos habría llevado a Clarosol!
—¡Mataste a la abuela! ¡La vengaré!
Los miembros de la familia Zúñiga comenzaron a pelear entre sí en la estrecha habitación, golpeándose a muerte.
Eran como perros rabiosos.
Derribaron las sillas.
Las ollas y los platos se hicieron añicos en el suelo.
Se arañaban y mordían, viéndose completamente patéticos y repulsivos.
Intentaban demostrarle a Kiara su lealtad con ese espectáculo.

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