¡Edgar Barros era un peso pesado de verdad en Hesperia!
¿Por qué demonios se humillaba de esa manera ante una campesina de Solarenia que ni siquiera había terminado la preparatoria?!
Kiara, que ya estaba a punto de subir al auto, se detuvo por un segundo al escuchar los gritos histéricos de Jacinto.
Giró levemente la cabeza y, con sus ojos claros y serenos, le lanzó a Jacinto una mirada fugaz.
Luego, fijó la vista en Edgar Barros, que seguía inclinado en su reverencia de noventa grados.
—Señor Barros —dijo Kiara, con una voz tan suave que no dejaba adivinar sus emociones—. Ellos, ¿reservaron una fiesta en su hotel para esta noche?
Con los años que llevaba moviéndose en el mundo de los negocios hasta convertirse en líder de un gran consorcio, Edgar Barros tenía un instinto sumamente afilado.
Apenas Kiara abrió la boca, captó de inmediato el tono gélido en su voz.
Y al juntar eso con la insolencia que Jacinto acababa de mostrarle...
Se secó el sudor frío de la frente, hizo un gesto negativo con las manos y adoptó una postura muy seria:
—Señorita, con todo el trabajo que manejo a diario, no estoy al tanto de si reservaron o no una fiesta por un asunto tan trivial.
Edgar Barros giró la cabeza y fulminó a Jacinto con la mirada, antes de volver a dirigirse a Kiara con el máximo respeto:
—Pero pierda cuidado. A partir de este instante, el Hotel Gran SK no volverá a recibir jamás a ningún miembro de la familia Espinoza.
—Y de ninguna manera permitiré que ningún perro insolente perturbe su descanso ni el de sus amigos.
Kiara asintió levemente.
—Excelente.
Apartó la mirada, se agachó y subió a los asientos traseros del vehículo.
Edgar Barros sintió que le volvía el alma al cuerpo. Se acercó rápidamente y le cerró la puerta con muchísimo cuidado.
Luego, se dio la vuelta.
Al encarar a Jacinto, toda esa actitud sumisa y complaciente desapareció sin dejar rastro.
Fue reemplazada por la autoridad y frialdad que correspondían al líder de un imperio corporativo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste