Rosana nunca cuestionaba lo que su líder quería hacer; ella simplemente obedecía con una lealtad absoluta.
Apretó los puños y, con el rostro lleno de seriedad, asintió.
—¡Entendido, capitana! Déjelo en mis manos, ¡usted descanse tranquila!
Después de dar sus instrucciones, Kiara regresó directamente a su habitación.
Una vez que cerró la puerta, se cambió de ropa, poniéndose una sudadera negra con capucha y unos pantalones cargo, prendas perfectas para moverse y ocultarse en las sombras.
Se subió la capucha y, moviéndose en absoluto silencio para evadir la mirada de todos, salió por una puerta lateral y discreta del hotel.
Justo al empujar la puerta de cristal, se encontró de frente con alguien.
Una figura alta e imponente avanzaba a paso firme hacia ella.
En el instante en que se cruzaron, Kiara entornó ligeramente los ojos.
Su agudo instinto captó un olor extremadamente sutil que emanaba de aquel hombre.
Era el olor metálico de la sangre, ese aroma que solo se impregna en los huesos después de años de vivir al borde de la muerte, de sobrevivir a incontables masacres y tiroteos.
Conocía esa esencia demasiado bien.
Kiara no detuvo su paso, solo desvió levemente la mirada y, aprovechando la sombra de su capucha, lo escudriñó de forma fugaz.
Era un hombre imponente, de una presencia arrolladora.
Medía fácilmente más de un metro noventa, con hombros anchos y piernas largas.
Aunque solo llevaba una chaqueta negra casual, su figura de envidia y esa aura letal que destilaba con cada movimiento eran imposibles de ocultar. Llevaba grabada en el alma la disciplina y la autoridad inquebrantable de los mejores militares de Solarenia.
Kiara entrecerró los ojos.
Ese rostro de facciones marcadas y mirada penetrante le resultaba vagamente familiar.
¿En dónde lo había visto antes?
A pesar de tener una memoria fotográfica impecable, Kiara no lograba ubicar de dónde conocía a aquel sujeto.
Aquella joven de Solarenia, que a simple vista parecía una muchacha cualquiera, era una experta letal, y además...
—Esta chica no es nada sencilla —murmuró.
El hombre clavó sus ojos en la silueta que se perdía a lo lejos, con una mirada cada vez más intensa.
—¿Qué tanto miras? —preguntó un hombre fornido y alto de Solarenia, también vestido de civil, mientras le palmeaba el hombro.
Siguió la dirección de su mirada, pero la chica ya había doblado por un callejón y solo logró ver la punta de una coleta asomándose bajo la capucha negra.
—Vaya, vaya, ¿acaso el cubo de hielo por fin se derritió? —bromeó su compañero, frotándose la barbilla con una sonrisa—. Dante, nunca me imaginé que te interesaría una chica.
—Pero, ahora que lo pienso, la jovencita sí que era una belleza, aunque... —Le dio un golpecito en el hombro a su capitán—. Por cómo vestía y la edad que aparenta, seguro es solo una estudiante de universidad. No te me vayas a poner de rabo verde, ¿eh?
Dante le lanzó una mirada gélida, le apartó la mano de un manotazo y desvió la vista de la calle.
—¿Cómo te fue con el registro en el hotel?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste