Dante se puso de pie y no pudo evitar observarla con más detenimiento.
Mientras hablaba por teléfono, la suavidad que había asomado en la mirada de la chica era imposible de ocultar.
Era casi otra persona, completamente distinta a la máquina de matar que había arrasado con el lugar unos minutos antes.
Especialmente ese «besitos» tan monótono... que, por alguna razón, le pareció vagamente tierno.
Pero...
Había alcanzado a escuchar un poco la voz de la mujer que hablaba desde el celular de Kiara.
Y sin saber bien por qué, le pareció extrañamente familiar.
Como si la hubiera escuchado antes en alguna parte.
Antes de que pudiera analizarlo más a fondo, Kiara guardó el teléfono, se subió la capucha de la sudadera y dio media vuelta, dejando claro que no quería seguir perdiendo el tiempo con ellos.
Dante miró su espalda y guardó silencio un par de segundos.
De repente, ignorando el dolor punzante de sus heridas, enderezó su postura.
Plantó los pies con firmeza y, mirando en dirección a Kiara, hizo un impecable saludo militar.
—Esta noche... gracias.
Esa era la muestra de respeto más alta que un militar de Solarenia podía ofrecer a alguien superior.
Y también un agradecimiento absoluto por haberles salvado la vida.
Kiara no detuvo su paso, solo levantó una mano con desinterés y la agitó.
—No te molestes. Solo los ayudé porque son de las fuerzas especiales de nuestro país.
Dicho eso, se internó en la penumbra de la rampa de salida.
Dante quiso gritarle para preguntarle su nombre, pero ya era tarde.
La silueta negra de la chica fue engullida por la oscuridad hasta desaparecer.
Se quedó en silencio, con la mirada fija en el punto por donde ella se había marchado.
—Capitán... —murmuró Lobo, todavía bajo el shock de lo que acababa de presenciar—. ¿De dónde diablos salió esa chica? Es... es un monstruo.
Dante habló con una voz profunda, pero en sus ojos brillaba esa chispa de fanatismo que solo aparece al descubrir a un talento sin igual.


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