El rostro de Jacinto se desfiguró por completo.
Era verdad.
Todo lo que esa perra había dicho era verdad.
El comité organizador internacional realmente le había otorgado un permiso especial.
El Hotel SK había pasado la revisión de más alto nivel del torneo.
Y todo había sido perfectamente legal. No había ni un solo fallo en el papeleo.
El hotel se había convertido, de manera oficial, en la zona de preparación exclusiva para ese equipo.
Jacinto apretó el volante con tanta fuerza que se le marcaron las venas.
Cuando finalmente llegó al exterior del Hotel SK...
Levantó la vista y, a través de los enormes ventanales de cristal del lobby y del área de banquetes, pudo ver la ostentación y el lujo.
Y también pudo ver la escena que se desarrollaba adentro.
Los miembros del equipo de Solarenia estaban sentados cómodamente, sonriendo, comiendo, platicando y alzando sus copas.
Las risas traspasaban el cristal. El ambiente era de pura celebración.
Esos mismos estudiantes de Solarenia, que según él debían estar en Hesperia con la cola entre las patas, rogando por piedad y soportando sus insultos, ahora estaban dándose la gran vida en el hotel más lujoso de todo el país.
Y para colmo, esos chicos con los que había peleado en el aeropuerto reían con particular estruendo.
Mientras que él, el heredero de la poderosa familia Espinoza, estaba parado afuera como un reverendo idiota.
Jacinto, con el rostro verde de furia, se dirigió a paso firme hacia la entrada giratoria.
Pero antes de poder poner un pie adentro, el jefe de seguridad le cerró el paso.
—Lo siento mucho, señor Espinoza.
—El Consorcio SK ha incluido a todos los miembros de la familia Espinoza en su lista negra permanente. Por orden expresa del señor Barros, ningún miembro de su familia tiene permitido el acceso a nuestras instalaciones de por vida.
—Le pido que se retire.
Esas palabras cayeron como ácido.
Jacinto sintió que la cara le ardía, como si acabaran de cachetearlo frente a una multitud.
—¡¿Te atreves a detenerme?! —bramó, con los ojos inyectados en sangre.
El guardia ni parpadeó.

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