—¿Te volviste loco? —Jacinto Espinoza, furioso, se lanzó sobre él y agarró al juez por el cuello de la camisa—. ¿Por qué te arrodillas ante ella? ¡Levántate rápido y revisa su habitación!
—¡Levántate, levántate ahora mismo!
El juez, que de por sí estaba muerto de miedo, vio cómo toda su angustia se transformaba en una ira incontrolable al ser jalado así por Jacinto Espinoza.
—¡Maldita sea, pedazo de idiota!
Con los ojos inyectados en sangre, el juez le devolvió el jalón sujetando la corbata del traje de Jacinto Espinoza.
¡Plaf!
¡Plaf! ¡Plaf!
El juez le dio un par de bofetadas de revés, golpeándolo con dureza en el rostro.
Fueron impactos fuertes y salvajes.
Jacinto Espinoza quedó mareado por los golpes y un hilo de sangre comenzó a escurrir por la comisura de sus labios.
—¡Idiota, me has arruinado, lo sabes!
—¡De no ser por ti, ¿cómo habría llegado yo a esta situación?! ¡Maldición, maldición!
Jacinto Espinoza retrocedió tambaleándose mientras se cubría el rostro. Su mente era un caos; no tenía idea de qué acababa de ocurrir.
De pronto se dio cuenta de algo, levantó rápidamente la vista y miró a Kiara.
La chica, en su bata de baño, seguía de pie con pereza, mirándolos con indiferencia.
Como si estuviera observando a un par de perros rabiosos peleando entre sí.
Al sentir la mirada de Jacinto Espinoza, Kiara alzó apenas la vista y sus gélidos ojos se posaron suavemente en él.
Fue solo una mirada muy sutil.
Pero Jacinto Espinoza sintió cómo un escalofrío le recorría de golpe toda la espina dorsal, haciendo que se le erizara hasta el último pelo.
Por puro instinto, se tropezó hacia atrás, cayendo torpemente de sentón en el suelo y usando manos y pies para retroceder un par de pasos.
En sus ojos, por primera vez, asomó un miedo auténtico.
Pero Kiara no tenía el menor interés en lidiar con él, solo levantó un poco la barbilla, con tono harto.
—Están haciendo demasiado ruido.
Edgar Barros, que había estado esperando a su lado, tuvo un sentido de la oportunidad impecable y alzó la mano para ordenar a sus guardaespaldas de negro.
—¿Qué están esperando? ¡Saquen de aquí a estas escorias que no dejan de ladrar!
—Sí, señor.

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