La figura estaba envuelta de pies a cabeza en una pesada túnica oscura.
El tejido ocultaba por completo su complexión y su rostro. Lo único que lograba distinguirse eran un par de ojos acechando desde las sombras de la capucha, clavados como cuchillos en la imagen de la chica.
Era una mirada perturbadora, tóxica y fría.
En ese momento, el sonido de unos pasos rompió el silencio.
Un subordinado entró caminando con la espalda encorvada, bajando la cabeza en señal de máxima sumisión.
—Soberano —dijo en voz baja al detenerse—. La familia Espinoza ha vuelto a llamar.
El Encapuchado no apartó la vista de la pantalla, inmutable.
El subordinado tragó saliva antes de continuar:
—Suplican que les conceda una última oportunidad. Aseguran que esta vez encontrarán la forma de eliminar a Kiara Ibarra y que no permitirán que siga interfiriendo con nuestros planes.
El Soberano soltó una carcajada áspera, como si rasparan metal oxidado.
Fue una risa baja, pero suficiente para helarle la sangre al mensajero.
—¿Una oportunidad? —Su voz había sido alterada por un modulador, sonaba robótica, grave y carente de humanidad—. ¿Esa basura inútil cree que tiene derecho a exigirme oportunidades?
El subordinado hundió la cabeza aún más, aterrado.
—Son un grupo de incompetentes. Desháganse de ellos —ordenó El Soberano con la misma naturalidad con la que pediría un vaso de agua.
—Entendido —respondió el hombre, preparándose para retirarse de inmediato.
—Espera —lo detuvo aquella voz metálica.
El subordinado se congeló en su sitio.
—¿Cuáles son sus órdenes, Soberano?
El Encapuchado devolvió su atención a la pantalla.
Con un clic, el metraje cambió, mostrando una grabación de seguridad clandestina, un ángulo que el público jamás vio.


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