Aeropuerto Internacional de Clarosol.
Desde la madrugada, la gente había comenzado a congregarse en las afueras del aeropuerto.
No era un evento organizado por el gobierno.
Pero la multitud era tan inmensa que rodeaba el perímetro, formando un mar humano.
Había estudiantes ondeando banderas de Solarenia.
Ciudadanos comunes con ramos de flores.
Y otros que sostenían pancartas inmensas.
[¡Bienvenidos, campeones de Solarenia!]
[¡Gracias por su esfuerzo, delegación oficial!]
[¡Ustedes son el futuro del país!]
Decenas de mensajes similares inundaban el lugar.
Aunque el torneo no llegó a su fin.
Aunque el evento fue clausurado.
Para ellos, el equipo de Solarenia era el indiscutible campeón.
El avión aterrizó.
Las puertas de la cabina se abrieron.
Cuando los competidores de Solarenia comenzaron a salir, alguien gritó a todo pulmón.
—¡Ahí vienen! ¡Ya llegaron!
El lugar estalló en un frenesí absoluto.
El rugido ensordecedor de los vítores tomó por sorpresa a los miembros del equipo, dejándolos pasmados por un segundo.
Cada grito, cada aplauso, nacía desde el fondo de sus corazones.
Les gritaban lo increíbles que eran.
Les agradecían su esfuerzo.
Les decían que eran el orgullo y la esperanza de la nación.
Después de la conmoción inicial, al ver las flores, escuchar los aplausos...
Al ver las banderas hondeando, las pancartas y los rostros enrojecidos por la emoción...
A los competidores se les llenaron los ojos de lágrimas.
Habían pasado por un infierno en Hesperia.
Pero al ver esas sonrisas genuinas, sintieron el impacto real del momento.
Habían regresado.
De verdad estaban en casa.

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