La sonrisa de Joaquín no vaciló ni un milímetro.
—Creo que me malinterpretan, chicos.
Justo cuando Damián iba a esbozar una mueca de satisfacción, creyendo que Joaquín por fin había entendido su lugar, lo escuchó añadir.
—Yo siempre he sido parte de esta familia.
Damián se atragantó.
Esteban apretó los puños.
La discusión atrajo la atención del resto de la familia, que ya estaba a punto de subir a los autos.
La mirada de Kiara se posó sobre los tres hombres.
Joaquín, con ese rostro que parecía tallado por los dioses, adoptó una expresión de pura inocencia y desamparo.
Bajó ligeramente sus seductores ojos y suavizó su tono de voz hasta sonar casi frágil.
—Mis hermanos tienen razón en regañarme, fue una falta de respeto de mi parte. Es solo que me angustia tanto ver a Kiara lastimada... Temía que se agotara si seguía de pie. Por favor, no se enojen conmigo.
Los tres hermanos se quedaron de una pieza.
¡Maldición!
¡Qué maldito manipulador! ¡Era un hipócrita de primera!
...
Ese mismo día, coincidiendo con el regreso de Kiara.
Lujosas invitaciones con letras doradas en relieve comenzaron a llegar a las mansiones de las familias más poderosas y a la élite absoluta de Clarosol.
Los sobres, de un elegante tono negro mate, llevaban grabado el emblema de la familia Ibarra.
Discretas, pero imponentes.
Al abrirlas, solo se leían unas pocas líneas.
Pero fueron suficientes para provocar un sismo en la alta sociedad.
[La señorita Kiara Ibarra, hija de esta familia, separada de nosotros hace veinte años, finalmente ha regresado a casa. Celebraremos una recepción en su honor para presentarla oficialmente ante todos ustedes.]
Sin palabras sentimentales.
Sin dar explicaciones de más.
Pero el peso de esas palabras era monumental.
La verdadera heredera de los Ibarra.
Kiara Ibarra.

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