Cerca de allí, hicieron su entrada los miembros de la influyente familia Solórzano.
Marcelo Solórzano vestía un traje formal de tono claro, impecable y refinado, desprendiendo ese aire de nobleza inalcanzable típico de su linaje.
Muchos se apartaron instintivamente al verlo pasar.
—¿Ese es el heredero de los Solórzano?
—¿Hasta esa familia tan reservada vino?
—Los Ibarra sí que tienen peso.
Marcelo escuchaba los murmullos a su alrededor con expresión serena, claramente acostumbrado a ser el centro de atención.
Su mirada recorrió el inmenso salón.
Buscaba a la protagonista de la noche.
Un asistente cercano, leal a su facción, imitó su gesto y susurró:
—Señor, aún no hay rastro de la señorita Ibarra.
Marcelo sonrió levemente.
—Sin prisa. Una chica que ha estado perdida tanto tiempo y acaba de volver, seguramente se sentirá abrumada por todo esto.
—Cuando aparezca, me acercaré a saludarla personalmente.
Lo dijo con una naturalidad absoluta.
Como si concederle un saludo fuera el mayor favor que le podía hacer.
Al mismo tiempo.
Pascual Osorio, el presidente de la Fundación Biotecnológica, se encontraba en una zona mucho más discreta.
Acariciaba su copa de vino con el pulgar. No tenía prisa por socializar; simplemente contemplaba la enorme pared decorativa que llevaba el nombre Kiara Ibarra.
Sus labios dibujaban una sonrisa.
Pero no había ni una pizca de alegría en sus ojos.
Su asistente habló en voz baja:
—Presidente, la seguridad para este banquete es extrema.
Pascual no cambió de expresión.
—Entre más estricta sea, más confirma que valoran mucho a esa chiquilla.
El asistente miró a su alrededor y murmuró:
—Pero me acabo de dar cuenta de algo. Los competidores de Solarenia, los profesores, e incluso el mismísimo profesor Morales la están defendiendo a capa y espada. Esta noche nosotros...
—Calma —lo interrumpió Pascual con frialdad—. Entre más alto te suben, más blanco eres de las miradas ajenas.
—Los que vinieron hoy no están aquí solo para darle palmaditas en la espalda a los Ibarra.
—Muchos vinieron a ver si esta heredera realmente merece todo el alboroto.

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