Tal como lo esperaba, Joaquín continuó su acto:
—Además de mi vida y de toda la familia Carrasco, no tengo nada más que ofrecerle a mi Kiara.
Suspiró ligeramente, haciendo su tono aún más lastimero:
—Kiara ha tenido un día tan agotador... yo solo quería aliviarles el peso y ser quien la escolte a la entrada.
—Por favor, no se enojen conmigo.
Damián estaba boquiabierto ante semejante despliegue de manipulación barata.
A Esteban le palpitaba una vena en la frente.
La sonrisa de Álvaro amenazaba con resquebrajarse.
Damián ya no lo soportó más.
—¡Manipulador de quinta! ¡¿De verdad crees que mi hermana se va a tragar ese cuento?!
Joaquín bajó la vista, guardando silencio.
Pero esos hermosos ojos se curvaron levemente al mirar a Kiara.
Inocente. Y muy obediente.
Y, para colmo, tenía un rostro que derretía a cualquiera.
Kiara miró a sus hermanos a punto de estallar de furia y luego vio el descarado acto de victimismo de Joaquín. No pudo evitar que una pequeña sonrisa asomara en sus labios.
Levantó la mano y tocó suavemente el cabello perfectamente peinado de Joaquín.
No lo despeinó.
Solo lo acarició con cuidado, como si estuviera tranquilizando a un perro enorme y demandante.
Joaquín esbozó una sonrisa casi imperceptible.
Los tres hermanos: —...
Damián se tapó la cara.
—Estamos fritos, a mi hermana sí le funciona el truquito.
Kiara se levantó lentamente. El dobladillo de seda oscura cayó con gracia mientras ella lo tomaba con suavidad.
Miró a los cuatro hombres inmaduros que tenía enfrente y sonrió.
—Basta de niñerías. El abuelo me está esperando, me voy adelantando.
Dicho esto, recogió un poco su vestido y, con pasos firmes sobre sus tacones altos, salió de la habitación.
Su actitud dejó claro que no iba a elegir a ninguno de los cuatro.
Los tres hermanos se quedaron paralizados en la sala de descanso.
Damián fue el primero en reaccionar.
—Un momento... ¿nos olvidamos de que nuestro peor rival no era Joaquín?
Esteban replicó con frialdad:
—Era el abuelo.
Damián se dio una palmada en la frente.

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