—Es hermosa, inteligente, talentosa y, por si fuera poco, cariñosa con su familia. No encontrarás a otra igual en todo Clarosol.
—Nuestra Kiarita es, sin duda, la mejor de todas.
Don Fernando no lo refutó; al contrario, su rostro irradió orgullo y las arrugas de su rostro se suavizaron con una enorme sonrisa:
—Es excelente. Y esta chica tan maravillosa pronto también será mi nieta.
La sonrisa de don Regino desapareció al instante:
—Bah, bah, bah. No intentes aprovecharte de la situación.
Don Fernando replicó, seguro de sí mismo:
—¿Aprovecharme? Fuiste tú quien aceptó ese compromiso cuando eran unos niños.
Don Regino soltó un bufido frío:
—No hay nada escrito aún. Mi Kiarita es muy joven todavía. Su familia Carrasco no debería pensar en robarme a mi nieta.
Don Fernando, indignado, pareció erizar su barba:
—¿Cómo que robarla?
—Lo que ellos tienen es amor mutuo, ¡un arreglo divino!
—Además, lo de mi Quino y Kiarita es un hecho indiscutible.
Don Regino se rió con sarcasmo:
—¿Indiscutible?
Miró a su alrededor con fastidio:
—El banquete lleva un buen rato y ¿dónde está ese muchacho tuyo?
—Mi Kiarita está preciosa hoy, es tan brillante... A saber cuántos ojos la están mirando.
—Y si Joaquín no está aquí para cuidarla, y ella ve a un chico mejor y lo deja botado, entonces la familia Carrasco será la que llore.
Don Fernando abrió los ojos como platos:
—¡Tonterías! Aunque a veces no lo soporte, siendo sinceros, ¿quién de estos mediocres que están aquí puede compararse con él?
Mientras lo decía, miró a Kiara de reojo.
Al notar que ella miraba hacia abajo, como si no estuviera prestando atención, se acercó al oído de don Regino y susurró:
—¿Cuál es la prisa? El chico fue a preparar una sorpresa. Eres un viejo aburrido, ¿acaso no sabes nada sobre el romance de los jóvenes?

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