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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 1407

Elías Solórzano no perdió la oportunidad y saltó de inmediato para respaldar a Alonso.

—Las palabras de un líder con tanta trayectoria pesan. Tiene usted toda la razón, don Alonso. Hay que ver las cosas con objetividad.

Se giró hacia Kiara, volviendo a ponerse su máscara de hipocresía.

—Nosotros, los Solórzano, jamás hemos negado su talento, señorita Ibarra. El ímpetu de la juventud es algo maravilloso.

—Pero cuando los jóvenes reciben más aplausos de los que pueden manejar, es el deber de nosotros, los mayores, ponerles los pies en la tierra.

—Si dejamos que se embriague con títulos falsos, el día que caiga de esa nube, el golpe será devastador.

Marcelo también sonrió con frialdad.

—Las familias de verdad valoramos la consistencia. Vivir de quince minutos de fama mediática no es una estrategia a largo plazo.

Clavó sus ojos en Kiara.

—Los que realmente se preocupan por usted no son los que le inventan leyendas, sino los que le recuerdan cómo debe caminar por el mundo real.

En la superficie, eran consejos.

Advertencias amistosas.

Como si los Solórzano y los Morales se hubieran unido no para destruirla, sino por su propio bien.

Pero en la práctica, ambas familias estaban actuando en bloque, usando el "es por tu bien" como un martillo para aplastarla.

Aplastarla por ser joven.

Aplastarla por no tener el supuesto linaje que ellos tenían.

Aplastarla para que no se atreviera a reclamar el mérito de Hesperia.

Aplastarla porque los Ibarra la habían elevado a un pedestal demasiado alto.

El rostro de Regino Ibarra estaba a punto de estallar.

Sus nudillos se pusieron blancos al apretar su bastón, y sus ojos eran pura tormenta.

¡Esta era la noche de su nieta!

Era la fiesta donde la familia Ibarra por fin le daba el lugar que le debieron durante veinte años.

Y toda esta escoria venía a arrojarle lodo disfrazado de buenas intenciones en su propia casa.

¿Acaso creían que los Ibarra estaban pintados en la pared?

El viejo Regino golpeó el suelo con su bastón, a punto de desatar el infierno.

Pero una mano suave se posó sobre la suya.

Kiara lo miró con calma, una sonrisa casi imperceptible jugando en sus labios.

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