Aquellos eminentes especialistas, todos clasificados en el top diez de la medicina internacional, la rodearon para brindarle sus respetos de la forma más solemne posible.
Uno a uno, la llamaban señorita Valdez o maestra. Todo el salón de banquetes cayó en un silencio aterrador.
Ellos... ¿Estaban llamando maestra a esa señorita Ibarra que acababan de traer del campo?
La escena parecía sacada de un sueño irreal.
Apenas unos momentos antes, los Solórzano, los Morales y el señor Osorio se habían apresurado a decir que Kiara no era más que puro mercadeo.
Acababan de afirmar que era demasiado joven y necesitaba que los más experimentados la guiaran.
Habían insinuado que el rescate en Hesperia fue un esfuerzo en equipo y no se le podía atribuir todo el mérito a ella sola.
Pero ahora... ¡esos titanes de la medicina que estaban en lo más alto a nivel global le estaban rindiendo honores con una devoción absoluta!
Toda la sangre huyó del rostro de Alonso Morales.
Cintia se quedó clavada en el suelo, como si le hubieran cruzado la cara de una bofetada en público.
Ellos... ¿Qué le acababan de decir a Kiara Ibarra? ¿Que querían darle lecciones?
Le habían dicho que el siglo de historia de los Morales serviría para supervisar su trabajo.
Incluso llegaron a decir que si Kiara les pedía consejo con humildad, los Morales no serían egoístas en ayudarla.
Y ahora, esos eminentes doctores a los que su familia había intentado adular sin éxito, se comportaban frente a ella con el respeto sumiso de unos simples estudiantes.
—No... Es imposible... —murmuró Cintia, perdiendo la voz—. ¿Cómo puede ser?
Clavó sus ojos en Kiara. Esa joven que, desde el principio, no había mostrado ninguna alteración emocional y ni siquiera se había molestado en dar explicaciones.
¿Con qué derecho? ¿Cuántos años tenía Kiara Ibarra?
Se suponía que solo era la verdadera heredera recién recuperada. Antes, según decían, no era más que una pueblerina.

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