—Fue la señorita Valdez quien diagnosticó de nuevo la causa, fue ella quien replanteó la estrategia y fue ella quien impidió la administración de varios medicamentos erróneos que habrían matado a los pacientes al instante.
Mientras hablaba, se señaló a sí mismo.
—Uno de esos fallos de criterio fue el mío.
Todo el salón quedó paralizado.
¡Se trataba de uno de los mayores genios de la neurociencia! ¿Cómo podía admitir delante de todo el mundo que se había equivocado?
¡Y la persona que lo había corregido era Kiara Ibarra!
El Dr. Valerio intervino con voz grave:
—Pongo mi reputación profesional en juego. Durante el rescate en Hesperia, la señorita Valdez no se adueñó del crédito de nadie. Sin ella, eso de el trabajo en equipo se habría traducido en un fracaso masivo.
Las afirmaciones de todos esos expertos dejaron a los Solórzano y a los Morales tan aterrados que no podían articular palabra.
Sus palabras hacían evidente lo absurdos y ridículos que habían quedado todos ellos.
Con razón Kiara... había sido tan altanera todo el tiempo. ¡Porque tenía sobradas razones y la capacidad para serlo!
La posición en la que ella se encontraba era tan inalcanzable, que todos los presentes tendrían que romperse el cuello mirando hacia arriba para intentar verla.
Los Ibarra por fin sintieron que se les pasaba la rabia.
Damián Ibarra estalló en carcajadas sin disimulo:
—¡Vaya, vaya! ¿Quién decía hace un momento que a mi hermanita la habían inflado los medios?
—Ahora que ha llegado el propio equipo, los invito a que sigan hablando.
Damián, ignorando sus rostros lívidos, prosiguió:
—¿No decían que el verdadero equipo de rescate iba a terminar decepcionado?
Miró al director Chávez, luego al Dr. Smith y a los demás:
—Vengan, les pregunto a ustedes, ¿se sienten decepcionados?
El director Chávez miró a Alonso Morales con frialdad:


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